Subir la apuesta, aun con escasas posibilidades de ganar al póker o, al revés, no querer arriesgarse, aun teniendo casi todo a favor, tanto en el juego como en otros aspectos de la vida. ¿Qué ocurre en nuestro cerebro para que a veces tomemos decisiones de alto riesgo contra todo pronóstico? Un equipo de investigadores de la Universidad Johns Hopkins afirma que a lo largo del tiempo, el ser humano desarrolla un tipo de sesgo cognitivo responsable de hacernos ver el riesgo de diversas formas, en función especialmente de los últimos recuerdos.

Desde el punto de vista neurocientífico, se sabe que con los años vamos adquiriendo distintos sesgos cognitivos que influyen en nuestras elecciones y nos ayudan a resolver situaciones de conflicto. Son efectos psicológicos que modifican la manera en la que cada individuo procesa la misma información, basados en nuestras experiencias personales y ajenas, predisposiciones, prejuicios, creencias, valores, etc.

Estos sesgos tienen un importante papel en la asunción del riesgo. Tomando como ejemplo un juego de mesa: puede que el jugador esté teniendo una racha de mala suerte o, por el contrario, esté acumulando exitosas montañas de fichas. Ambas situaciones generan una ola de sentimientos muy potentes que le empujarán a su siguiente decisión. Es decir, de alguna manera, “lo que ocurre más recientemente tiene gran importancia sobre la siguiente apuesta del individuo”, señala Sridevi Sarma, uno de los principales autores del estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Así, tal y como ilustra la imagen, a pesar de las pocas probabilidades de ganar, el jugador se verá animado a realizar un gran envite, guiado por la racha de buena suerte que le ha estado regalando fichas en las últimas jugadas. Todo, a pesar de que las probabilidades estén en su contra.

Con el objetivo de entender por qué hay personas que tienden a asumir riesgos contra todo buen pronóstico o por qué hay quienes suelen evitarlos incluso en un contexto favorable, el equipo de científicos liderado por Sarma y Pierre Sacré, de la Escuela de Ingeniería de la Universidad Johns Hopkins, analizaron a un grupo de pacientes de la unidad de monitoreo en epilepsia de la Clínica Cleveland mientras jugaban a las cartas. La idea era averiguar dónde se originaba ese comportamiento relacionado con el riesgo en el cerebro humano.

Los pacientes se habían sometido previamente a una estéreo-electroencefalografía (SEEG) para identificar zonas epileptógenas para futuros tratamientos quirúrgicos. Al tener electrodos implantados en sus cerebros, los investigadores de este trabajo contaban con la posibilidad de observar sus estructuras cerebrales en tiempo real mientras tomaban decisiones en cada una de las partidas del juego de cartas que los pacientes mantenían contra el ordenador.

Era sencillo. Una baraja compuesta por infinitas cartas sólo con valores de 2,4,6,8 y 10, en la misma proporción. Después de cada ronda, las cartas volvían a la baraja, sin cambiar, por lo tanto, las probabilidades. Se sacaban dos cartas, una boca arriba y otra boca abajo. El participante tenía que apostar a la baja (cinco dólares) o 20 dólares en función de si creía que su carta sería mayor que la oculta.

“Observamos que el comportamiento de los jugadores se basaba en cómo les fue en las apuestas anteriores”, comenta Sarma. Al examinar las señales neuronales registradas durante las cuatro etapas del juego, los investigadores encontraron un predominio de ondas cerebrales gamma de alta frecuencia. Incluso pudieron localizar estas señales en estructuras particulares en el cerebro, que asociaron positiva o negativamente con el comportamiento de riesgo. “Cuando el hemisferio derecho tiene actividad de alta frecuencia, el jugador se ve obligado a correr un mayor riesgo”, apunta Sacré. “Pero si la actividad de alta frecuencia se registra en el lado izquierdo, el jugador está más lejos de asumir un riesgo”.

En base a esto, los investigadores desarrollaron una ecuación matemática que calculaba con éxito el sesgo de cada paciente utilizando sólo sus apuestas anteriores. “Descubrimos que los resultados de las partidas más antiguas se desvanecían en la memoria, es decir, lo que sucedió más recientemente era lo que determinaba el empuje de la siguiente decisión”, concluye Sarma. Estos conocimientos pueden arrojar luz sobre el comportamiento de los soldados en situación de combate de alto riesgo y sobre cómo entrenarles para reconfigurar o cambiar su conducta.

 

Esta nota originalmente se publicó en El Mundo

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