De las obras gráficas del 68 que han sobrevivido destacan dos grandes colecciones: una que Arnulfo Aquino donó al patrimonio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en 2002, y la otra permanece en el acervo del artista.

Amanda de la Garza, curadora de la exposición Gráfica del 68, que se puede visitar en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (Muac), recuerda que en algún momento el Ejército entró a San Carlos y destruyó las planchas, los ejemplares que había y las matrices. Lo que permanece ‘‘es lo que con gran esfuerzo reunió, lo que más tarde se formó como el grupo Mira, que recuperó e hizo una labor que está consignada en varios libros e investigaciones y que posteriormente fue donada. Tiene un significante: sobrevivir a la destrucción, al terror y la censura”.

La curadora Sol Henaro refiere que hay una discusión muy amplia en el pensamiento contemporáneo sobre la calidad estética, ‘‘en principio no fueron hechos desde la concepción del Arte con mayúscula y circuito artístico como lo entendemos ahora. Estas producciones estaban formadas en la emergencia de la movilización social”.

Al respecto, no pueden juzgarse con parámetros de calidad, no fueron concebidas como arte, ‘‘pero es un legado muy importante en términos de patrimonio, también de cómo funcionaba el maridaje entre texto e imagen, es decir, la consigna, la demanda social, y el símbolo que potencializaba el mensaje”.

Mucho de ese material ha sido importante en otras movilizaciones sociales después del 68; es un legado visual para la movilización que ha fluido en luchas sociales, en los año 70 y 80, así como en 2000, cuando se ha recuperado este imaginario visual.

Durante los meses del movimiento estudiantil la precariedad, la urgencia y la clandestinidad apremiaron a todos aquellos reunidos en las brigadas de propaganda. En principio, los formatos fueron diversos y más bien pequeños. Las condiciones eran limitadas en medios y recursos. Los más numerosos fueron grabados acompañados de tipografía.

El cartel se convirtió en el siglo XX en eficaz formato de expresión que usaron los movimientos populares, también para anunciar espectáculos en teatros, así como en la propaganda política y la publicidad.

Sin embargo, en México durante 1968 fueron pocos los que se generaron. Al respecto, el artista Arnulfo Aquino, quien entonces era estudiante en la Escuela Nacional de Artes Plásticas en San Carlos, recuerda que ‘‘fueron escasos porque no hubo intención de diseñar carteles, como un medio que integra imagen y texto como unidad compositiva, con tamaño suficiente para ser ubicado en la calle y verse a distancia media”.

Proliferaron impresiones con consignas en tipografía e imágenes para ilustrar la idea, en algunos casos en doble carta o cuatro cartas, es decir, con tamaño de cartel. ‘‘Fueron formatos poco utilizados; no obstante, por su fuerza y contundencia algunos de estos impresos pueden considerarse carteles”, apunta Aquino.

Sin respetar los criterios ortodoxos para definir al cartel, se puede hablar de un conjunto escaso de impresos con imágenes y textos cortos que lograron impacto visual y trascendencia pública gracias a su ‘‘buena factura en composición, motivo, tipografía y técnica”.

Por ejemplo, en el que se lee ‘‘Este diálogo no lo entendemos”, letras destacadas por su color rojo, al igual que la silueta de un tanque, impresas sobre una plana del periódico El Heraldo, editado en formato de sábana (38 por 60 centímetros). Este grabado de linóleo sobre papel manila amarillo centra la vista en el vehículo, mientras el texto distribuido arriba y abajo emite un mensaje directo.

El cartel que demanda la desaparición del cuerpo de granaderos, con el perfil de un gorila granadero al centro, es una imagen potente que denuncia el sentido brutal de la represión. De autor desconocido y en formato horizontal, también fue impresa sobre papel periódico, con tipografía calada sobre la imagen.

Otro que destaca por su fuerza es el del puño en alto que se observa de la silueta masculina, uno se imagina un estudiante. A contracara, la figura de un soldado empuñando un arma larga, la punta afilada de la bayoneta amenazante.

Entre ellos se interpone la expresión: ‘‘¡El único diálogo público que hemos tenido!”

Con Investigación de La Jornada

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