“La lámpara de Aladino usaba aceite de higuerilla, se utilizaba desde hace más de 5 mil años. Historiadores han encontrado tumbas con lámparas cuyo aceite aún enciende”, afirma Mario Elías Torres Ruiz, quien coordina la única fábrica de aceite de higuerilla que sobrevive desde hace 83 años en la capital oaxaqueña: Aceites Torres Barriga.

Mario es nieto de Jesús Torres Barriga, quien en 1935 inició con la empresa familiar. Desde entonces, la fábrica  es  manejada por  sus hijos y nietos, y  ahora, su tercera generación  vive  en una constante lucha por mantenerse a flote, luego de una debacle en la venta de este producto.

En los años 80 la industria del aceite vivió un verdadero apogeo en la entidad.  En esos años  la capital del estado llegó a tener  al menos 20 fábricas de aceite de higuerilla, pequeñas industrias familiares que fueron extinguiéndose debido a la competencia desleal entre ellas, pues buscaban vender mayores cantidades de producto a menor precio, relata el directivo.

Entonces, el aceite de higuerilla, también llamado de ricino o de castor, era adquirido para iluminar las viviendas de las comunidades donde no había llegado la electricidad. Pero el uso de las lámparas de aceite en los hogares fue mermando con el paso del tiempo, ante el incremento paulatino de la red eléctrica  que  fue apagando la industria del aceite.

Por esos años, dice Torres Ruiz, también lo compraban  empresarios farmacéuticos para elaborar emulsiones, pues se empleaba como vehículo de otras sustancias. Incluso, en algunos hogares oaxaqueños  aún acostumbran a usarlo    como purgante.

Cuando la bonanza nacía de triturar la semilla de la higuerilla, Aceites Torres Barriga  procesaba al mes hasta 20 toneladas de semillas, las cuales convertía en aceite. Actualmente, la fábrica familiar sólo  produce  tres toneladas en el mismo lapso.

“Vamos sobreviviendo, hemos buscado un nicho de mercado en el ramo farmacéutico con empresas nacionales, también con las que  se dedican a  la fabricación de barnices y pinturas; sin embargo,  todavía  la mayoría de nuestros clientes se centran en la región de los Valles Centrales”, señala.

Todo esto explica una y otra vez Mario Elías Torres Ruiz, cuando en visitas escolares cuenta la  historia de la fábrica de su familia, que ya se cuenta entre los sitios históricos de la capital.

También les dice que el líquido que surge del ricino se sigue vendiendo para iluminar con lámparas de aceite, pero sólo para usos religiosos, principalmente en las mayordomías de los santos y las fiestas de  Semana Santa, en comunidades como Tlacolula,  Etla y Zaachila, en los Valles Centrales,  donde  los altares aún se alumbran con las luces tenues  de estas  lámparas.

Además, en comunidades de la Sierra Norte, como Ixtlán, y en Santa Catarina Juquila, en la Sierra Sur, la fe se enciende  a través de los pabilos de los candiles que han sido heredados de generación en generación.

Justo  como las lámparas milenarias, cuyo aceite aún arde, una lámpara de este tipo  puede durar de por vida si se resguarda en un lugar sin  humedad.   Un litro de aceite es suficiente para alumbrar durante un mes  una habitación o mantener iluminado  el  altar familiar,  empleando de una a tres cucharadas al día.

Semilla de higuerilla, el origen

El aceite  de la semilla de  higuerilla es un líquido viscoso y amarillo que siempre añora la transparencia del agua: entre más claro mayor es su calidad. Nace de una planta con forma de arbusto que llegó al continente luego de la conquista española, pero que es originaria del África tropical y  se ha extendido por todo el mundo.

Su nombre científico es Ricinus Comunis, y regularmente crece en las laderas de los cerros: entre la maleza, de forma silvestre y sin cuidados especiales. Basta un periodo de un año para que crezca un arbusto que puede medir hasta  cinco metros de alto.

El Fideicomiso de Riesgo Compartido, dependiente del gobierno federal, define a la planta como  un arbusto cuyas hojas “están partidas de cinco  a ocho segmentos, en forma de estrella y los nervios de color rojizo”; además, los  bordes tienen dientecillos de tamaño irregular. Sus flores se dan  en racimos, y los frutos son cápsulas espinosas con  tres semillas “grandes, lisas, algo  aplanadas y jaspeadas”.

Las semillas de la  higuerilla son  compradas  por la fábrica Torres Barriga a productores de comunidades de los Valles Centrales como Zimatlán de Álvarez, que hace décadas era la que más higuerilla producía. Actualmente, una tonelada de higuerilla cuesta hasta  10 mil pesos.

Así nace el aceite

El proceso para convertir las semillas en el combustible para  iluminar inicia con la colocación de los granos en una prensa hidráulica, donde se estrujan hasta que revientan. Luego, poco a poco, va saliendo el aceite. El resultado de esta primera extracción se conoce como aceite de primera.

El bagazo que queda en las cubas de la prensa se procesa nuevamente en la prensa speller  para arrastrar la semilla hasta  un barril, donde se obtiene otro aceite, considerado de segunda.

Cada tipo de aceite se pone a cocer  y se le agrega carbón activado, para finalmente bombearse por un filtro; un proceso similar a la filtración de café en una cafetera. Los restos se quedan en las lonas, son limpiados y vendidos como abono a campesinos que siembran tomate o chile, quienes pagan a 800 pesos la tonelada. En ocasiones, también   se emplea como nutrientes para plantas de ornato.

Método artesanal

En las entrañas de la última fábrica de aceite de higuerilla el calor apenas se aguanta. En realidad, la fábrica es un solo cuarto alargado y techado con láminas donde el olor a hierba y aceite es persistente. Ahí están colocadas las máquinas, compradas hace décadas,  que  hoy lucen grasosas  y despintadas, pero  funcionan a la perfección.

Con esa maquinaria, la fábrica da empleo directo a cuatro personas, dedicadas a operar los aparatos y a otras cuatro dedicadas a ventas, distribución y administración.

Mario Elías Torres Ruiz, nieto del fundador y actual representante de la empresa, dice que cuando la fábrica inició, y muchos años después, el aceite  se elaboraba triturando las semillas en  un metate. Luego,  los procesos mecánicos fueron aprendidos por los primeros fabricantes de la familia Torres Barriga, quienes perfeccionaron el método y experimentaron procesos para optimizar el uso de la tecnología a través de ingeniería empírica. Así han seguido desde entonces.

Hace algunos años, cuenta, el gobierno estatal les ofreció impulsar  un proceso más rápido con máquinas nuevas para la extracción del producto. Para no comprometer la calidad,  que ha sido comparada con otros producidos en la India y ha resaltado por su claridad y capacidad de combustión, los Torres Barriga optaron por preservar el método artesanal.

Los clientes llegan al punto de venta de la fábrica donde el olor a aceite, parecido al aceite de oliva, se distingue de inmediato; conocen  el proceso de compra y llevan consigo  un galón  o  una botella de plástico para adquirir el combustible. Un litro a granel  de aceite de primera cuesta 55 pesos, mientras que el de segunda se vende a 27 pesos. Con un envase nuevo, el precio se eleva 10 pesos por litro. A diario, la fábrica vende unos 10 litros.

Estrategias para no morir

Para sobrevivir, la última fábrica de aceite ha emprendido algunos  esfuerzos que incluyen registrar su propia marca  y generar una imagen y un envase identificable  para que los clientes lo puedan buscar  ya envasado. La marca es Aceite para Lámpara Tepeyac Tres Vírgenes, en cuya etiqueta resalta  la  imagen de las vírgenes de Guadalupe, de la Soledad y de Juquila, estandartes de la fe católica en el estado y  que hacen referencia al uso predominantemente religioso del aceite.

Además, la fábrica incursionó en elaborar aceite de coco, producto cuyo uso  está en boga, por lo que  su precio se disparó de los  siete  a  los 20 pesos por litro.  El motivo fue que  a    pesar de  que  Aceites Torres Barriga es la única fábrica que se dedica a la manufactura de aceite para lámparas, en 2017 el gobierno federal impulsó  la llegada de  una planta de extracción de higuerilla en Monte del Toro, Ejutla, dedicada a la producción de biodiesel.   El proyecto tuvo una inversión de casi 11 millones de pesos.

Los empleados de la fábrica admiten que la apertura de la planta de biodiesel propició una escasez momentánea de la semilla que crece en las laderas de los Valles Centrales; sin embargo, aseguran que  poco a poco la producción ha ido aumentando, al igual que la demanda, por lo que esperan que esta última fábrica se mantenga a flote.

 

Con información de: Excélsior

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