Uno a uno y en distintos tiempos, los ataúdes comienzan a llegar acompañados de sus respectivas bandas de música y deudos al panteón municipal del segundo destino turístico de playa más importante de Oaxaca.
A unos metros, el mercado Benito Juárez continúa con su ritmo acelerado. Sólo algunos curiosos se atreven a murmurar sobre los cuerpos que resguardan los ochos ataúdes que ven pasar durante todo el día sobre la avenida Oaxaca, la principal del pueblo.
Los difuntos son los hombres acribillados dentro de una vivienda en la calle Primera Poniente del Sector Juárez de Puerto Escondido.
A las 5 de la tarde pasó el último féretro de madera, acompañado de familiares y decenas de flores. Para acompañar su último viaje, la banda de viento entonaba música folklórica y popular de la costa oaxaqueña.
Muchos fueron los que acompañaron a las familias en su dolor, otros tantos se apostaron en las esquinas de las calles sólo para ver pasar un espectáculo un poco morboso al tiempo que los voceadores en sus carritos gritaban por todo lo alto la tragedia de Puerto Escondido.
Sorprendidos por tragedia. Los habitantes del pueblo no podían creer lo que ocurrió la noche del lunes 18 de julio: ejecutaron a quemarropa y dentro de su domicilio a ocho habitantes de este puerto que se ubica exactamente en medio de Acapulco y Huatulco, los dos destinos turísticos más promocionados por el gobierno federal y los gobierno de Guerrero y Oaxaca.
Aunque los lugareños convivían con la violencia de asesinatos esporádicos, no recuerdan una masacre como la de los “tiburoneros”, como la llamó equivocadamente la Fiscalía General de Justicia del Estado de Oaxaca, porque sólo dos eran pescadores, los demás desempeñaban diversos oficios.
Taxista, mecánico, arquitecto, funcionario de la capitanía de puerto, entre otros, todos estaban reunidos en casa de Laura Leticia Hernández, mamá de Alfredo Pinacho, uno de los jóvenes muertos.
Los pocos turistas que se dejan ver por la avenida El Morro de la zona de playa Zicatela, destino del turismo internacional, se muestran ajenos a lo ocurrido, están más sumergidos en disfrutar del poco sol y de las grandes olas que convierten a Puerto Escondido en la tercera playa para surfistas más importante a nivel mundial sólo después de Australia y Hawái .
Del otro extremo del pueblo, a donde llega el turismo nacional, también son pocos lo que acaparan parte de la Bahía Principal; no se ven preocupados por los acontecimientos sangrientos; familias numerosas disfrutan de la playa.
Los lancheros y pescadores tampoco muestran mucho asombro por la ola de violencia, aunque sí preocupación por la baja del turismo.
Se preguntan entre sí de la posible honra funeraria en las instalaciones de la Capitanía de Puerto, donde trabajaba uno de los asesinados: Giovani Josué Acevedo, de 27 años; pero no dan razón, se centran más en sacar los productos del día de las lanchas.
Miguel Ángel Cerero Morales, presidente de la Unidad Juvenil Progresista, no recuerda en sus 20 años de vida una masacre como la de la Primera Poniente, por lo que sí muestra preocupación de que en el futuro la violencia empiece a escalar y termine por mermar más el turismo en el puerto.
“Tenemos en Puerto Escondido una crisis en el turismo por el conflicto magisterial y los bloqueos carreteros que ha llevado a que los prestadores de servicio de la ciudad se organice y exija al gobierno federal su intervención para solucionar el problema, pero ahora si le agregamos este tipo de violencia, no sabemos cómo vamos a terminar. Como jóvenes y habitantes de Puerto estamos sumamente preocupados”, manifestó el joven.
Recientemente 35 agrupaciones de prestadores de servicio y organizaciones, desde restauranteros, hoteleros, pescadores, lancheros, taxistas, urbaneros, agencias de viajes, entre otros, presentaron al secretario de gobernación un pliego petitorio para mitigar un poco su crisis económica.

Con información de El Universal

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