“No hay nada peor en la vida como saber que tus hijos, tu esposa e incluso tu madre te tienen miedo. Es tortuoso saber que los has esclavizado a todos, incluso a ti mismo”, confiesa un hombre de más de 50 años, cuyo comportamiento violento le hizo perder a su familia.

“Durante casi toda mi vida me negué a reconocer que con mi forma de comportarme estaba destruyendo a las personas que más amaba. Para mí era normal gritarle y pegarle a mis hijos, a mi mujer y hasta a mi madre si hacían algo que, según yo, lo justificara. Después de todo fue como crecí, la diferencia fue que mi mamá nunca abandonó a mi papá, pero mi esposa un día se armó de valor y desapareció con los niños. La verdad no la culpo… yo estaba loco”, dice con voz entrecortada.

“Los hombres que establecen relaciones violentas con las mujeres (desde la violencia verbal, disfrazada de “piropos”, hasta el feminicidio) constituyen una muestra de cómo el género estructura las jerarquías y el poder tanto en el nivel público como en las familias”, señala el estudio denominado Hombres que ejercen violencia contra sus parejas, elaborado por el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres).

El documento, basado en los resultados de la última Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), elaborada por Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), refiere que más de dos quintas partes de los hombres casados o unidos con mujeres de 15 años o más (10.8 millones) han ejercido algún tipo de violencia contra sus parejas a lo largo de su relación: 40 por ciento de manera emocional, 25.3 por ciento económica, 11.6 por ciento física y 5.3 por ciento sexual.

De acuerdo con el estudio, la violencia de pareja no distingue edad o nivel socioeconómico de las personas. “El análisis de los datos permite identificar como posible factor relacionado con el ejercicio de violencia por parte de los hombres, los antecedentes de violencia en su infancia, por ejemplo.

“La buena noticia es que la violencia no es una enfermedad, sino un comportamiento que aprendieron en sus casas durante la infancia y que como les da resultado lo siguen usando. Pero el hecho de que sea una conducta aprendida significa que también se puede desaprender y es ahí donde aparece la posibilidad de cambio”, explica Elizabeth Hernández, trabajadora social por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Si bien en los últimos años se han multiplicado los espacios de tratamiento y contención para las mujeres agredidas, sus parejas sólo reciben sugerencias sobre empezar algún tipo de tratamienton en los pocos lugares dedicados a ellos.

Sin embargo, y a pesar del estigma social, cada vez son más los hombres que buscan ayuda para combatir su violencia. Juan Carlos, estudiante universitario, es uno de ellos. “Desde que tengo uso de razón recuerdo que me daba coraje que mi papá tratara mal a mi madre… A veces ni la volteaba a ver cuando ella le servía de cenar, mucho menos iba a levantar su plato o lavarlo. A veces llegaba enojado del trabajo y se desquitaba con ella. Yo siempre dije que no iba a ser así, por eso desde chico me acostumbré a apoyar a mi mamá en las tareas del hogar, pero eso no es todo, hay otras cosas muy comunes que quiero dejar de hacer porque son violentas para las mujeres”.

Alternativas

Lo mejor es que ya existen diferentes grupos de autoayuda, organizaciones de la sociedad civil y consultorios de terapia privada para atender esta necesidad, entre los que se encuentra Movimiento de Hombres por relaciones Equitativas y Sin Violencia, el cual ha apoyado a que más de dos mil hombres dejen de ejercer conductas violentas en contra su pareja, hijos y familiares, y Hombres por la Equidad, que trabaja en la sensibilización sobre género, violencia familiar y masculinidades.

Con información de Excélsior

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