Pese a que su hija murió por EU, amagan con deportarlo

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En el Ejército de Estados Unidos hay historias de mexicanos y latinos que han perdido la vida por pelear en la llamada “guerra contra el terrorismo” en Irak y Afganistán. Cifras del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos revelan que entre 2003 y 2014 cayeron en combate 6 mil 830 soldados estadunidenses. De éstos, 675 eran latinos o hispanos, y 174 eran mexicanos inmigrantes, que dieron su vida en defensa del país que hoy gobierna Donald Trump.

No solo hay mexicanos muertos. Los paisanos que resultaron heridos o mutilados por luchar en las Fuerzas Armadas suman mil 144 casos, lo que representa 2 por ciento de los 51 mil soldados que sufrieron alguna lesión física en combate.

El testimonio de algunos soldados de origen mexicano, parte de ese 2% caído en combate, revela que se enlistaron en la guerra contra Irak y Afganistán para poder obtener su estancia legal, la de sus parejas y la de sus padres, muchas veces residentes indocumentados en Estados Unidos.

En 2001, luego del ataque a las Torres Gemelas, cientos de mexicanos vieron en el Ejército una opción viable para poder naturalizarse: según un documento expedido por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, todas aquellas personas que “sirvieran en las Fuerzas Armadas tras los atentados terroristas del 11 de septiembre podían solicitar la adquisición de este derecho”.

Este documento, fechado en julio 17 del 2002, también se señala que si la persona moría como resultado de una lesión o enfermedad sufrida por dicho servicio, su o sus sobrevivientes tenían el derecho a solicitar la ciudadanía póstuma en cualquier momento, dentro de los dos primeros años de la muerte del combatiente.

La realidad, en muchos casos, es otra…

Una “Gold Star Family”

Uno de esos casos es el de Olivia y Alberto Segura, una pareja de mexicanos que llegó a Estados Unidos hace más de 20 años. Ellos perdieron a su hija Ashley mientras cumplía una operación de rescate militar en Kuwait.

Olivia entró al país con una visa de residente, mientras que Alberto lo hizo como indocumentado. Ambos procrearon tres hijos, dos varones y una mujer que nació la primavera de 1987: Ashley Segura, que cambió a Ashley Sietsema tras casarse con un civil estadunidense.

A los 16 años, luego de concluir sus estudios en una preparatoria de Chicago, Illinois, la joven decidió enlistarse en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Su argumento, según cuenta su madre, era poder defender los derechos de los estadunidenses tras los ataques terroristas del 11 de septiembre, pero además beneficiar a su padre con el proceso de la naturalización.

Tras cumplir 19 años de edad y tres años de entrenamiento militar, Ashley fue enviada para servir como parte del servicio médico a Oriente Medio…

Un mal augurio

Mientras camina hacia la tumba del cementerio Fairview, aquí en Chicago, donde fue enterrada su hija, Olivia recuerda las palabras que leyó en una carta que le fue enviada por el Departamento de Justicia la tarde del 12 de noviembre de 2007:

“Días antes estuve muy ansiosa, como toda madre que presiente un mal augurio. En los tres párrafos que leí de esa carta impresa en opalina me explicaban que mi hija Ashley había muerto mientras transportaba el cuerpo de uno de sus compañeros hacia una base medica”.

La versión oficial fue que en el camino un vehículo se les atravesó a Ashley y otros soldados, lo que ocasionó que la ambulancia donde viajaban se volcara y estrellara contra un poste.

“El mundo se nos venía abajo”, recuerda la mujer de piel morena y ojos negros. Es bajita, tiene no más de 1.65 metros de estatura. Se ve endeble cuando narra. “Nunca podré olvidar el momento en que me entregaron a mi hija. Su caja llegó en helicóptero. En menos de tres horas la sepultamos. La bandera se ondeó a media asta y el gobernador de Illinois declaró el día de su muerte como una fecha honorable”.

Ashley Sietsema recibió los honores que se le dan a todo héroe nacional. Su familia fue nombrada una “Gold Star Family”. El máximo reconocimiento para aquellos que pierden un ser querido en la guerra, o al menos, eso es lo que le dijeron a Olivia Segura, mientras arrojaba el ultimo puño de tierra a la tumba de su hija única aquel día de su funeral.

El duelo sin fin

La muerte de la joven fracturó a su familia. Mientras vivían el duelo, sus padres desahogaban el dolor en antidepresivos y alcohol. El más afectado fue su padre, Alberto Segura, un electricista que fue detenido en dos ocasiones por conducir en estado de ebriedad mientras intentaba olvidar que su hija estaba muerta.

La primera detención fue en 2009. Pasó recluido un año. Al salir regresó a casa con sus dos hijos y esposa, pero en agosto del 2016, durante una recaída alcohólica, volvió a prisión y desde entonces vive bajo la amenaza de ser deportado a México, a pesar de cumplir con su sentencia y de haber dado una hija a Estados Unidos.

La madre de Ashley no entiende por qué quieren regresar a su esposo: “Él no es un criminal”. Para ella el único culpable de toda esta tragedia es el gobierno estadunidense, que nunca les ofreció ayuda económica ni psicológica para superar su perdida, su mutilación.

Estamos frente a la lápida de mármol blanco que cubre la tumba de Ashley. Olivia levanta las flores ya marchitas que lleva a su hija cada inicio de semana:

“Mi esposo está cumpliendo por segunda ocasión con su sentencia pero con la Ley de Inmigración Ilegal, la Iirira, por sus siglas en ingles, reformada por Bill Clinton en 1996, todo aquel que cometa dos veces un mismo delito incurre en felonía, es decir un acto desleal grave que tiene como consecuencia ser repatriado sin juicio de deportación”.

Se hace un silencio. La madre sin hija mira hacia otras tumbas. Olivia se enoja, llora, grita y también cuestiona al gobierno sobre qué es lo qué debe hacer para que valga la muerte de su hija y dejen de hacerle daño a su familia.

“El sueño americano se ha convertido en una pesadilla sin fin”.

El silencio del sepulcro se rompe: de pronto su teléfono móvil suena. Es su esposo. Le llama desde prisión. La escucha sollozar. Ella activa la llamada en altavoz para que lo escuchemos. Alberto le pide que deje de llorar y le confiesa que ya ha tomado una decisión en caso de que al final se tenga que ir del país. Terrible decisión. Su tono de voz casi colérico no deja lugar a dudas de que su dolor y rabia son inmensos:

“Si el gobierno de Estados Unidos no valora la muerte de mi hija, que es y fue un héroe nacional por haber dado su vida, la voy a desenterrar y me la voy a tener que llevar. Si ellos no la quieren aquí… No tengo miedo, tengo coraje de que sin importar el dolor que estamos pasando, ellos aún así nos quieran separar”.

Tras 10 años de luto y una década de duelo, hoy la familia Segura no tiene muchas esperanzas. Solo esperan un dictamen en contra. Entonces partirán deportados al lugar del que son originarios:

“Regresamos a México sin sueños, mutilados, dolidos, sin patria. Y lo peor, sin mi pequeña Ashley”, expresa Olivia, como si no hubiera escuchado la amenaza de su marido de exhumar el cuerpo de la soldado.

Olivia ya se va. Antes, saca de su bolso un tesoro: las insignias de valor que recibió su hija por cada misión que cumplió en batalla. Ashley, uno de los soldados de origen mexicano que dieron su vida por Estados Unidos, y cuya familia va a ser expulsada de la tierra por la que dio la vida.

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