Realidad laboral

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En los últimos días y semanas se ha informado que la economía mexicana está generando más empleos. La noticia es halagadora, pero no del todo. El sueldo promedio en los puestos laborales en el país es de dos salarios mínimos, unos 4 mil 800 pesos mensuales. En esa situación se encuentran 24.4 millones de personas (la mitad de la población económicamente activa), de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, del Inegi. A la sombra del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ha quedado manifiesto que México es sólo un armador. Los insumos que requiere se importan de otras naciones, principalmente de China, que resulta uno de los principales beneficiados de dicho acuerdo comercial. La única industria que ha logrado conformar una cadena productiva con proveedores nacionales de autopartes es la automotriz. La Secretaría de Economía señala que mientras en este sector el contenido nacional casi llega a 60%, en la manufactura de televisiones de pantalla plana apenas es de 14%.

Reportes de Inegi de 2016 señalan que trabajadores de nivel técnico de la industria automotriz perciben un sueldo promedio de 18 mil pesos mensuales. ¿Cómo podrían más personas aspirar a esos ingresos? Con mayores estudios. Para obtenerlos se requiere al menos el nivel de bachillerato técnico. Con el promedio de escolaridad nacional de 9.1 años (prácticamente la población mexicana sólo termina la secundaria), lamentablemente son pocos los que pueden aspirar a una mayor remuneración.

La deserción escolar, entonces, es un factor que incide de manera importante en el futuro laboral. Las razones por las que numerosos jóvenes abandonan estudios al terminar la secundaria son conocidas: falta de recursos económicos, índice de reprobación, situación familiar e incluso las malas técnicas de enseñanza del sistema educativo, que alejan al alumnado de las aulas. Dejar la escuela, trabajar en la informalidad —o en la informalidad pero con sueldos bajos y sin prestaciones sociales— no hace más que alimentar una situación de pobreza.

Estamos inmersos en un círculo vicioso del cual todavía no hay una salida. El tema no es nuevo, pero hasta ahora no se ha escuchado de medidas claras y permanentes que ayuden a modificar el rostro laboral del país. Y las que se hayan dado, por lo visto no han tenido éxito.

Editorial

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