Reportaje. En 2016 se cumplen 60 años del inicio de un proyecto titánico que Carlos Pellicer ideó en 1951 para que fuera rescatado y trasladado hasta este Parque Museo La Venta, creado en 1958; un conjunto de 33 monumentos y esculturas de piedra que había sido descubierto en 1915 en un rancho del municipio de Huimanguillo, en la frontera entre Tabasco y Veracruz.

Las siete hectáreas que mide el Parque Museo La Venta, en la capital de Tabasco, son una selva.  Aquí hay monos aulladores, iguanas y coatís que se mueven libremente, árboles de ceiba, caoba y chicozapote. También hay jaguares y cocodrilos en cautiverio, pero los residentes más notables tienen casi 3 mil años de edad: son las monumentales cabezas de piedra que representan a gobernantes olmecas; al igual que los altares y estelas con figuras talladas y una tumba única, misteriosa e inquietante hecha con grandes cilindros de piedra de basalto.

En 2016 se cumplen 60 años del inicio de un proyecto titánico que Carlos Pellicer, ideó en 1951, para que fuera rescatado y trasladado —130 kilómetros— hasta este Parque Museo La Venta, creado en 1958; un conjunto de 33 monumentos y esculturas de piedra que había sido descubierto en 1915 en un rancho del municipio de Huimanguillo, en la frontera entre Tabasco y Veracruz. El traslado a la capital de Tabasco comenzó en 1957 y se prolongó hasta mediados de la década de 1970.

Estas obras de arte antiguo, algunas de las cuales pesan más de 30 toneladas o 30 mil kilos, son el testimonio artístico de la primera y más antigua ciudad del continente americano: La Venta, habitada entre los años 1750 y 100 antes de Cristo.

Los monumentos líticos o de piedra se conservan hoy a la intemperie, pero en buen estado, gracias a técnicas y cuidado diario del Instituto Estatal de Cultura (IEC) de Tabasco y del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Es por esto que se considera a éste como el único museo eco-arqueológico al aire libre en todo el continente americano.

CULTURA MADRE. México ha sido cuna de grandes civilizaciones, como la maya, la mexica, la tolteca, la teotihuacana, la zapoteca y la totonaca, entre otras. Pero es importante explicar a las personas interesadas que los olmecas fueron los primeros que construyeron grandes ciudades y desarrollaron tecnología y arte propio, por eso se les considera una de las cinco “culturas madre” de todo el planeta, junto con otras cuatro culturas de Persia (actual Irán), Egipto, China y Perú.

Mil años antes de Cristo, los olmecas desarrollaron la primera civilización urbana del México antiguo, en un conjunto de islotes que estaban rodeados de ríos y ciénagas en la región que hoy es el sur de Veracruz y el noroeste de Tabasco. Su primera ciudad fue La Venta, localizada en el actual municipio de Huimanguillo, pero durante el mismo periodo desde el año 1200 al 600 antes de Cristo, aparecieron otras ciudades olmecas en varios sitios de la costa del Golfo de México: San Lorenzo, Laguna de los Cerros y Tres Zapotes, por ejemplo.

Muchas de las cosas que asociamos con el mundo prehispánico fueron hechas, primero, por los Olmecas: la primera pirámide, el primer juego de pelota, el primer sistema de canales y drenajes; las primeras esculturas en piedra basáltica y las primeras figurillas de jade verde, así como numerosa evidencia de que ya cultivaban maíz, calabaza, yuca, algodón y semilla de girasol.

Una posible aportación más de los olmecas fue la creación de un lenguaje escrito. En el Museo de Antropología existe una figurilla de jade verde de la cultura olmeca que tiene grabado lo que parecen las primeras palabras escritas de un lenguaje americano, pero para comprenderlas hace falta mucha más información que, aparentemente, ya se perdió en el tiempo.

Todo este valor histórico y artístico quedó oculto por casi 2 mil años, hasta que dos arqueólogos extranjeros, uno de Estados Unidos y uno de Dinamarca, descubrieron la primera pirámide gigante en La Venta (1925) y la primera cabeza colosal (1926), en un lugar a sólo 15 kilómetros de la línea costera del Golfo de México.

El danés Frans Bloom (quien decidió mudarse a vivir a México a los 26 años y después se naturalizó mexicano) y su colega estadunidense Oliver La Farge recorrieron palmo a palmo el terreno que ocupó el antiguo centro ceremonial de La Venta. Hicieron sus expediciones hace 91 años con fondos de la Universidad de Tulane, Estados Unidos, y presentaron sus descubrimientos en un libro llamado Tribus y templos, que ganó el premio Pulitzer en 1930.

Lo primero que llamó la atención fue la gran pirámide que era el centro de un islote entre ríos y pantanos. El islote tiene una altitud de apenas 25 metros sobre el nivel del mar, pero sobre él estaba un enorme montículo de arcilla, de 31 metros de altura, hecho por manos humanas. Ellos no supieron que se trataba de la pirámide más antigua de América. Actualmente, todavía puede visitarse en el municipio de Huimanguillo.

Alrededor de esa primera construcción fueron encontrando algunos de los monumentos colosales, pero serían otros arqueólogos y antropólogos estadunidenses y mexicanos los que continuarían realizando hallazgos entre 1926 y 1956, como Matthew Stirling, Robert Heizer, Philip Drucker, Robert J. Squier y Eduardo Contreras.

RESCATE Y TRASLADO. Las siete hectáreas del Parque Museo La Venta, en Villahermosa, recuperaron gran parte del ecosistema que rodeaba a la original ciudad de La Venta: la vegetación abundante y los cuerpos de agua, pero son sólo una pequeña representación de lo que llegó a ser aquella ciudad de 200 hectáreas y miles de habitantes.

En 1950 se descubrieron yacimientos de petróleo y gas en la zona cercana al sitio arqueológico de La Venta. En menos de diez años se perforaron más de 100 pozos petroleros en los terrenos vecinos a los que fue la antigua ciudad y centro ceremonial, lo que hizo visible el riesgo de que muchos de sus monumentos fueran destruidos. El lugar comenzó a cobrar importancia económica por la actividad petrolera y la mancha urbana comenzó a invadir la zona arqueológica.

En esa época, Petróleos Mexicanos construyó en la zona un complejo petroquímico llamado Complejo Procesador de Gas “La Venta”, con lo que la actividad económica y el movimiento de personas se incrementó notablemente.

Todos estos cambios y riesgos para los monumentos milenarios fueron identificados por el poeta y museógrafo tabasqueño Carlos Pellicer durante una visita que realizó al sitio arqueológico La Venta, en 1951. Por esto comenzó gestiones con las autoridades tabasqueñas y federales para realizar un rescate y traslado de monumentos a la capital del estado.

Debido al tamaño y peso de las piezas, y a que no podrían caber en ningún recinto ya exitente en Villahermosa, Pellicer solicitó un terreno que pudiera acondicionarse, en lo que eran las orillas de esa capital estatal, localizada junto al Río Grijalva.

El parque fue un logro de muchos años de trabajo. Abrió sus puertas el 4 de marzo de 1958, pero la preparación y movilización de las 33 grandes piezas olmecas inició casi dos años antes, en 1956.  En esos años, Carlos Pellicer sostenía un intercambio de cartas con el escritor e intelectual regiomontano Alfonso Reyes, a quien le hizo algunas referencias de su odisea personal.

“Estoy haciendo un poema con los tres reinos y mucho hombre…”, le escribió Pellicer a Reyes para contarle que deseaba construir un eco-museo, donde fueran protagonistas los reinos vegetal, animal y mineral. Este último representado por los monolitos olmecas. Para ello cientos de hombres tendrían que cargar y movilizar los monolitos para sacarlos desde zonas lodosas hasta carretera, pues no había caminos completos desde La Venta hasta Villahermosa.

“Cuando regrese a la capital iré a verte y te platicaré de la cosa en que ando metido: aquí moviendo y trasladando milenios de 38 toneladas”, escribía Pellicer. En otro fragmento de sus cartas a Alfonso Reyes añadía: “Figúrate un poema de siete hectáreas. Con versos milenarios y encuadernados en misterio. Naturalmente a orillas de un lago…”

Para el traslado se usaron principalmente cuerdas, troncos y fuerza humana, como quedó detallado en las fotografías del proyecto, que se exhiben en el actual Eco-museo. La fase más intensa de traslados se realizó entre julio y agosto de 1957 y el nuevo hogar de los milenarios centinelas abrió sus puertas en 1958, con el mismo nombre de donde provenían las obras de arte: La Venta.

RESTAURACIÓN Y CONSERVACIÓN. Desafortunadamente, el paso del tiempo y los mismos esfuerzos por trasladar a los monumentos hicieron que algunos de ellos se quebraran o que se rasparan, lo que provocó daños que parecían irreparables y que a principios de los años 80 criticó duramente, la historiadora de arte y primera experta en iconografía olmeca, Beatriz de la Fuente, quien escribió en la Revista Universidad de México que muchos de los dibujos esculpidos hace 3 mil años por los olmecas ya estaban irreconocibles por la falta de limpieza, crecimiento de musgos y la natural acción destructiva del medio ambiente, al estar a la intemperie. En su crítica, la doctora De la Fuente, que además fue la primera mujer en ingresar a El Colegio Nacional, reforzó su denuncia con fotografías de los años 40, 60 y 70, para demostrar que muchos de los dibujos esculpidos se estaban borrando.

En 1985 se puso en marcha un gran esfuerzo para rescatar y conservar los monolitos que están en el Parque, con el nombre Proyecto de restauración y conservación de los Monolitos Olmecas. Los resultados de ese proyecto fueron “sorprendentes”, según escribió la misma doctora De la Fuente en 1986, logrando el rescate de las piezas y el descubrimiento de algunos trazos que habían desaparecido.

“Las esculturas monumentales destacan con sorprendente claridad debido a un concienzudo tratamiento de limpieza”, escribió la historiadora del arte en la Revista de la Universidad de México. “De hecho, en todos los monolitos con relieve, éste parecía perdido, estaba oscurecido y no se distinguían las siluetas que los definían. Hoy se mira lo que está representado: el encuentro de dos personajes, uno de ellos de apariencia olmeca, el otro, acaso un extranjero de gran nariz aguileña, por lo cual se le apodó “El tío Sam”; alrededor y por arriba de los dos personajes se aprecian, como si estuvieran suspendidas en el aire, seis pequeñas figuras”, añadió.

Además de esos trabajos, en los últimos 60 años ha sido necesario unir algunas piezas que se quebraron durante el traslado de 130 kilómetros e incluso volver a tallar algunos detalles que se perdieron en algunos monolitos que tuvieron que ser arrastrados boca abajo.

“A todas las esculturas se les aplicaron varios lavados con solventes para eliminar la microflora y la suciedad depositada a lo largo de los años; posteriormente se les cubrió con polietileno para evitar contacto directo con lluvias y humedad, y como parte final del proceso de limpieza y consolidación se les barnizó con varias capas de un repelente a base de silicón. Los resultados son, por ahora, excelentes; las esculturas se pueden apreciar con todos los pormenores que conservan, y el basalto en que fueron talladas luce un color hasta ahora desconocido, es un matiz casi rosado”, escribió De la Fuente después del primer gran proyecto de restauración.

A partir de entonces, existe un programa permanente de conservación y restauración de las 33 esculturas que se muestran con plena dignidad y sobresalen de modo excelente entre la vegetación del parque donde los paseantes pueden escuchar monos, guacamayas y jaguares; pueden respirar la frescura vegetal de la selva e imaginar cómo era el ambiente selvático en el que nació esta cultura madre, cuyos monumentos más importantes iniciaron hace 60 años un camino largo y lento hasta llegar al lugar donde hoy se exhiben.

Con información de Crónica.

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