Un incidente aislado en las afueras de Carolina del Sur en algún momento del mes de agosto se ha convertido en una extraña epidemia que toca a casi todos los estados de EU: hombres vestidos como aterradores payasos han sido vistos cerca de escuelas o de universidades, incluso filmados desde un automóvil a la orilla de los bosques en plena noche por automovilistas histéricos, mientras que testigos dicen haber sido perseguidos por clowns armados de machetes o padres aterrorizados juran que payasos quisieron montar a sus hijos en una camioneta.

El fenómeno de los payasos siniestros y aterrorizantes deambulando por las ciudades no es nuevo. Son bromas que preceden por lo regular la fiesta de Halloween desde los años 1980. En 2014, incluso se exportó a Francia. La diferencia, esta vez, es que el rumor se propagó a tal velocidad en EU y en otros países anglófonos —redes sociales y sobre mediatización mediante—, que la psicosis derivada de ello ha tenido efectos más importantes que un susto en el estacionamiento de una zona comercial mal alumbrada.

Todo inició en una casa en la ciudad de Greenville, en Carolina del Sur. El “paciente cero” es un niño que dice haber visto “a dos payasos en el bosque, uno con una peluca roja y el otro con una estrella negra dibujada en el rostro. Me dijeron que los siguiera”. Los padres, con pánico, llaman a la policía, que no hallan rastros de los clowns. Pero muy pronto policías de Carolina del Sur recibieron nuevas señales de este tipo en la zona. En las siguientes semanas fueron sus colegas en Carolina del Norte y otros estados del sur quienes reportaron la misma situación. A inicios de octubre, payasos o agresiones presuntas de payasos habían sido reportadas en más de treinta estados y en Canadá.

Entre los cientos de llamadas, la mayoría terminaron siendo una falsa alarma o una broma. Al menos una decena de personas fueron  arrestadas: algunas tan solo por andar vestidos de payaso en público, otras por haber inventado falsas agresiones. Fue todo.

La amplificación, como suele ocurrir, se deriva de una sobreconexión a internet y de la mediatización que da una falsa coherencia a incidentes que, en otras circunstancias, serían considerados como aislados.

Poco importa si se trata claramente de escenas montadas, la duda siempre subsiste y en EU las autoridades locales han tomado en serio la historia, en especial porque muchas amenazas fueron proferidas en línea, desde las cuentas de Facebook de los clowns contra centros escolares. Desde su punto de vista, es el equivalente a un riesgo terrorista, cualquiera que sea la ropa del agresor.

Desde inicios de septiembre, decenas de centros escolares fueron cerrados en Ohio, en Nueva York, en Alabama, en Pensilvania y también en Florida en razón de amenazas o  supuestas agresiones.

En la Universidad de Pensilvania, una suerte de psicosis colectiva afectó a unos 500 estudiantes que salieron de sus habitaciones armados con bates de beisbol para cazar a un clown que había sido visto en el campus.

“La información circuló vía  WhatsApp, YakYak y Facebook. Para evitar una revuelta, la universidad fue cercada. La policía nunca encontró al supuesto clown.

El caso llegó hasta la Casa Blanca, donde un vocero debió responder a una pregunta sobre los payasos que atemorizan las calles sombrías de EU. Él se remitió al FBI, reconociendo que era al menos “una situación que las fuerzas del orden consideraban seriamente”.

No es casualidad que el pánico tenga en el léxico un dejo a terrorismo. Esto es el reflejo de la época, atemorizada y sobre conectada.

Robert Bartholomew, sociólogo de Nueva Zelanda, especialista en histeria colectiva, recuerda que “cada pánico social contiene una moral o un mensaje subyacente”.

Dice además el experto que “los payasos que aterrorizan son el efecto de los miedos y de las incertidumbres de nuestra época. Son parte de un pánico social más grande, como el miedo a los extranjeros y a los terroristas en un mundo cada vez más urbanizado, impersonal e imprevisible. Desde este punto de vista, el gran miedo de los clowns de 2016 es un reflejo de nuestros miedos más ocultos; es la forma crítica de una angustia colectiva”.

Con información de Milenio.

Compartir

Dejar respuesta