“¿Cómo nos tratan? Nos tratan con violencia, usan gas lacrimógeno y proyectiles de goma contra nosotros. Ayer hirieron gravemente a un par de personas. Me refiero a la policía francesa. Nosotros respondemos a los ataques, no tenemos otras opciones. Tenemos que reaccionar de alguna manera”. Las palabras de Ashraf, de Afganistán, las repiten los compatriotas que están a su alrededor.

En la jungla de Calais, el nombre con el que se conoce el campamento no oficial más poblado de Europa, hay enfrentamientos. Por un lado hay más de 10 mil inmigrantes que a toda costa pretenden llegar al Reino Unido; por el otro, una décima parte de la policía francesa defendiendo la frontera con Inglaterra.

Todos los días, a menudo a manos de contrabandistas, la gente, desesperada, trata de colarse en camiones y barcos que se dirigen a suelo inglés. Sin embargo, debido a los controles cada vez más severos y sofisticados de los policías transalpinos y británicos, son cada vez menos quienes logran completar la travesía.

“Llegamos aquí desafiándolo todo. No va a ser otro muro lo que nos detenga”. Ashraf proviene de Kandahar y tiene 29 años. Llegó a la jungla hace casi tres meses. Trata de mirar más allá de la red de metal, donde un grupo de trabajadores empieza a construir el Great Wall, el “gran muro”, que tendrá que hacer olvidar a los inmigrantes como él el propósito de cruzar el Canal de la Mancha.

Ha empezado a construirse lo que se anunció a principios de septiembre. Desde la semana pasada hay excavadoras y hormigoneras trabajando a los lados de la A16, la autopista que conduce a los camiones hacia el embarco en los ferrys que los llevan a Dover, en el Reino Unido.

A final de año el muro estará construido. Tendrá una doble barrera de hormigón, cuatro metros de altura y un kilómetro de longitud, y estará totalmente financiado por el Reino Unido. Costará casi 60 millones de pesos.

“La situación está empeorando día a día -dice François, uno de los voluntarios de Secours Catholique-. Hay mucha preocupación. Estas personas necesitan ayuda concreta, no un muro o la amenaza de una evacuación forzada”.

François se refiere a las palabras del presidente François Hollande, quien la semana pasada anunció el desalojo. En los últimos días fue Didier Degrémont, el presidente de Cáritas en Francia, en el Norte Paso de Calais, quien criticó la barrera:

“Es una vergüenza que niega la existencia de estas personas, que hace meses que están aquí. Hace falta una política europea e internacional que tome las riendas de la crisis migratoria”.

“¿Por qué no quieren abrirnos la puerta?”, se pregunta Ali, un sudanés de Darfur. “Llegué a Sicilia. Me hubiese quedado encantado, pero no hay trabajo”. Hoy vive en una cabaña en el sector este de la jungla, el que está en peores condiciones, junto con seis compatriotas.

Cuando llueve, llegar a su casa no es tarea fácil: la puerta principal da a un gran charco de barro, y tanto él como sus compañeros prefieren cruzarlo descalzos en lugar de ensuciar el único par de zapatos que tienen.

“La jungla está explotando -dice Anneliese Coury, quien coordina el proyecto Calais para Médicos Sin Fronteras-. Ahora son más de 10 mil los inmigrantes que viven ahí, sobre todo sudaneses y afganos. Y cada día se registran nuevas llegadas”.

“No todos quieren ir a Gran Bretaña, pero si solicitan asilo en Francia ahora no obtendrán una respuesta hasta diciembre. Esta situación crea tensión y preocupación. Especialmente en los casos más vulnerables”, explica Anneliese.

En la zona oriental de la jungla, en el interior de un gran perímetro vallado, hay 125 nuevos contenedores blancos que albergan a mil 500 personas que han solicitado asilo en Francia.

Este campo dentro del campo, que ha agotado las plazas disponibles, es la envidia de todos los otros refugiados que han iniciado el procedimiento para la obtención del asilo político en Francia, y que, en espera de una respuesta por parte de la comisión competente, se ven obligados a quedarse en la jungla.

“No queremos ir a otro país, queremos quedarnos en Francia -dice convencido Ramadán, compañero de cabaña de Ali-. No entiendo por qué los franceses no nos cuidan igual a nosotros que a los que están aquí al lado y han solicitado los documentos.

“Ellos tienen de todo, viven en un lugar limpio y tienen mejor comida. También tienen duchas. Mientras espero los documentos asisto a uno de los muchos cursos de francés que organizan los voluntarios del campamento”, argumenta.

Oumdouba es de Burkina Faso y hace varios años que vive en Suiza. En su país de adopción trabaja como mediador cultural en un centro de acogida para los refugiados.

Motivado por el bombardeo mediático que, para bien o para mal, protagoniza Calais, decidió tomarse unos días libres para visitar personalmente la jungla. Tiene palabras amables para todo el mundo, toma notas y comparte sus pensamientos:

“Todas estas personas que están en Calais sobreviven gracias a la esperanza. Piensan que Europa, la cuna de la democracia y de las grandes ideas, mejorará sus condiciones. Estamos hablando de personas que llegan después de muchas vicisitudes de países en guerra o con regímenes dictatoriales. No tienen otra posibilidad que dejar a sus familias e irse”.

Y añade: “Los inmigrantes no son, como muchos medios de comunicación quieren hacernos creer, criminales. Tampoco son una catástrofe para Europa. Es innegable que hay alguno que crea problemas, pero se trata de una minoría”.

“La Unión Europea tiene el deber de iniciar un debate serio sobre la política de migración y acoger a los inmigrantes, ya que tiene todas las capacidades para hacerlo. Además de la conveniencia. Cada inmigrante que viene aquí, al corazón de este continente, puede proporcionar un riquísimo bagaje cultural”, afirma convencido.

Con información de Agencias

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