Me siento a gusto en las montañas, afirma Juan Manuel Gómez. Quizá sea porque ahí no hay gente, entre otras cosas. No lo sabía, pero un día llegué para pasar el fin de semana a un pico de los Alpes austriacos y me tomó año y medio desprenderme de ese lugar. Era perfecto en todo momento: cuando había sol, cuando caían ocho metros de nieve, cuando el viento helado me cortaba la piel mientras iba cuesta abajo con mis esquís y se formaban gotas de hielo en mis bigotes congelados, cuando comenzaba a caer la noche y yo apenas divisaba el refugio, a lo lejos, confundido entre las estrellas y el cielo azul oscuro. Pienso en eso, y me dan ganas de levantarme de mi asiento ahora mismo y caminar hasta allá.

La gente sube a las montañas por muchas razones. Me cuesta trabajo entender a los que están obsesionados con los récords de la altura y gastan decenas de miles de dólares para tomar un lugar en una larga fila que se dirige, paso a paso, rumbo a la cima del Everest. “Es el techo del mundo”, tal vez digan de lo que está justo delante de ellos mientras trastabillan por el cambio de ritmo de la caminata. “¿No te das cuenta?, ¡son ocho mil 848 metros sobre el nivel del mar!”. Pues no, creo que no me doy cuenta de lo importante que es llegar hasta ahí, si tienes que sortear una especie de metro Balderas en hora pico. El Everest no solo está lleno de tipos desagradables con ideas equivocadas y equipo inadecuado. También está lleno de basura y de cadáveres. Después del campamento 4, donde se encuentra la llamada Zona de la Muerte, hay al menos un par de cientos de cuerpos, de gente a la que sorprendió una ventisca, o que no aguantó más los 40 grados bajo cero, o que se soltó de la cuerda desesperada por el mal de montaña o excitada por la hipoxia y se despeñó, o que, agotada, se tumbó a dormir una placentera siesta mientras su circulación se iba deteniendo lentamente y murió de hipotermia. También hay montones de botellas metálicas vacías, porque aunque a esa altura hay la misma cantidad de oxígeno que en cualquier otro lugar de la atmósfera, es más difícil para el cuerpo humano absorberlo para realizar las funciones básicas. A ocho mil metros hay aproximadamente 0.33 atmósferas de presión, lo cual implica que el cuerpo requiere esforzarse el triple para ingerir la misma cantidad de oxígeno que en el nivel del mar, donde hay una atmósfera de presión. Sin oxígeno suficiente, el cuerpo comienza a morir. Se marchita lentamente y cuando te percatas de ello es porque ya es demasiado tarde.

Desafiar a la montaña es una mala idea. Ella tiene todo a su favor. Su imponente belleza es una de sus armas más letales, porque es irresistible, y entre más ascendemos, más bella es, aunque más difícil sea respirar; literalmente nos quita el aliento. Además es caprichosa y rápidamente cambia de humor: un soleado mediodía puede transformarse en menos de una hora en una tormenta espantosa. Ir en contra de la regla de oro: “Llegar a la cima es tan solo la mitad del camino”, es estúpido, porque todo ese tiempo (y energía) que te llevó arriba, tiene que alcanzarte para llegar con vida a un lugar seguro. Pero en la mente de los cientos de muertos que adornan como esferas de Navidad las laderas de la Zona de la Muerte había pensamientos con evidente insuficiencia de oxígeno: “Puedo ver la cima… Estoy a un paso… No gasté 50 mil dólares para no llegar…”.

Cuando en 2006 fue hallado el alpinista australiano Lincoln Hall a ocho mil 700 metros de altura, sin guantes y sin chamarra, sonrió estúpidamente al grupo de estadunidenses que lo rescató: “Les sorprenderá verme aquí”, dijo. En efecto, era increíble que estuviera vivo tras haber pasado la noche en la montaña. El día anterior se había notificado el fallecimiento a su familia, cuando los guías nepaleses que lo abandonaron totalmente agotado durante el descenso, relataron que no sobreviviría. Tenía los dedos de las manos negros, la hipoxia le había producido, además de alucinaciones y esa sonrisa imbécil que no podía abandonar su rostro, un edema cerebral.

También en 2006, el inglés David Sharp, de 34 años, no tuvo tanta suerte, o quizá tanta fuerza como el australiano. Sus últimas palabras fueron grabadas por unos colegas: “Mi nombre es David Sharp. Estoy con Asian Trekking. Tengo mucho sueño”. Pero no levantó la mirada. Estaba sentado abrazando sus piernas. Tiritaba. Llevaba nueve horas agonizando en una pequeña caverna que se conoce como Green Boots, porque desde 1996 ahí habita un cadáver con botas fosforescentes de color verde. Todos aquellos que suben al Everest por la cara Sur pasan junto a Green Boots. En 2006 llevaba una década sirviendo de punto de referencia, y los 40 alpinistas que ascendieron al Everest por ese camino en mayo de ese año, como por ejemplo Tormod Granheim (el noruego que descendió un tramo en esquís por la cara Norte) o Mark Inglis (quien tras perder sus dos piernas por congelación en 1982 volvió al Everest esa primavera sobre dos prótesis metálicas), pasaron junto a David Sharp mientras todavía respiraba. Si hoy subes al Everest por la cara Sur, podrás dar una palmada en la espalda al cuerpo sin vida de David Sharp, a pocos metros de distancia de nuestro amigo Green Boots.

En su momento, la noticia del abandono de David Sharp conmocionó al mundo del alpinismo, lo cual, sin tratar de ser crueles, es absurdo, porque todos los que suben a una montaña saben que hay un punto de no retorno. Si no eres capaz de dar media vuelta y volver por tu propio pie al refugio, eres hombre muerto, y esa máxima es especialmente cierta si vas más allá del campamento 4 del Everest e ingresas en la Zona de la Muerte. Nadie te puede ayudar. Un 70 por ciento de los cuerpos tirados en esas laderas son sherpas anónimos que quizá trataron de salvar a alguien.

Hay cuerpos plenamente identificados, como es el caso del inglés Peter Boardman, que desde 1982 parece descansar sobre sus codos, sentado en la nieve, en el segundo de los llamados “Three Pinnacles”, a mitad de la cara Norte de la montaña. Una zona extremadamente difícil. Se le reconoce perfectamente porque, como parte del equipo británico, Boardman era un personaje conocido, e incluso se creó un premio de alpinismo en su honor. El cuerpo de su compañero Joe Tasker, quien murió durante la misma ascensión, jamás se encontró. Y de los dos nepaleses que quisieron rescatar los restos de Boardman y fueron arrastrados al precipicio por el viento ni siquiera se habla.

En Internet hay una lista de muertos en el Everest de 1922 a 2016 (https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_people_who_died_climbing_

Mount_Everest). De los 289 personajes enlistados ahí, 112 provienen de Nepal, 18 de India y 12 de China. Lo cual significa que la mitad de los muertos con nombre y apellido eran sherpas (como se le conoce a los guías y cargadores, aunque no pertenezcan a la casta Sherpa). Pero hay muchos otros cadáveres, que permanecen en el más silencioso anonimato.

Testimonios de escaladores refieren una especie de miedo ascendente tras cruzar al menos ocho muertos tirados en su camino por la Zona de la Muerte o su imposibilidad para conciliar el sueño en un campamento que se ha montado al lado de un cuerpo congelado. Sin embargo, continúan con el proyecto de llegar a la cumbre y tal vez contemplar “las estrellas como gotas de rocío sobre el pelo de Dios” (como decía A. Álvarez tras dormir en una de las cumbres del Lavaredo), o el mayor “mar de niebla” jamás imaginado, como también se ha descrito el paisaje, o simplemente saber que se ha llegado a uno de los límites del mundo y que no es posible ir más allá.

Con información de Agencias

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