Nunca los conocieron pero han escuchado su historia centenares de veces; para las nuevas generaciones de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, los 43 desaparecidos son más que un símbolo: hermanos que dieron la vida por los ideales de un centro contra las injusticias del Estado.

Con gigantes pancartas que recuerdan a sus compañeros y 43 sillas vacías dispuestas en la cancha de baloncesto, los alumnos de la escuela “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, ubicada en una antigua hacienda en medio del campo, se preparan estos días para homenajear a quienes hace casi dos años desaparecieron en un brutal caso aún sin resolver.

El dolor y la lucha, como las tareas, se comparten en esta escuela que forma a maestros rurales, pero son los más jóvenes, los de primer curso, quienes dirigidos por compañeros mayores se encargan de dejar todo listo para el tributo.

En esta escuela de izquierdas -una de las 16 que hay actualmente en el país y que nació tras la Revolución mexicana de inicios del siglo XX- la tradición se pasa como antaño, de boca a oreja, de generación en generación, y a través de acciones.

“Ayotzinapa es reconocido en todo el mundo por lo que le pasó a nuestros compañeros estudiantes, solamente querían apagar la llama, pero le prendieron más fuego”, dice a Efe el estudiante de primer año Lenin Guevara, de 19 años.

La noche del 26 de septiembre de 2014, en el municipio de Iguala, 43 estudiantes fueron detenidos por policías corruptos y entregados al cártel Guerreros Unidos, quienes los mataron e incineraron en el basurero de la localidad aledaña de Cocula.

Esa es la versión oficial que varios organismos que han estudiado el caso no aceptan, al considerar que proviene de una investigación plagada de irregularidades, y que Guevara tacha de “mentira histórica” como tantos otros en este descreído país.

Ante este escenario, la memoria se ha convertido en el mejor aliado para conquistar sus miedos.

“Mis compañeros de más grado me cuentan que fue una noche que no van a olvidar, donde el Gobierno usó las armas contra los estudiantes”, explica Juan Carlos Guzmán, de segundo curso.

Él es de procedencia campesina y, con 20 años y todas las ganas de seguir estudiando, halló en esta escuela normalista, ubicada en el municipio guerrerense de Tixtla, una oportunidad de continuar con su formación, a pesar de no contar con recursos económicos.

A los de generaciones más jóvenes “siempre les recordamos el valor de recordarlos, de luchar por ellos y de que tenemos que encontrarlos vivos”, afirma Víctor Hugo Flores, un estudiante de tercer año que antes del trágico desenlace pasó muchos momentos con sus compañeros “caídos”.

El director de la Normal Rural de Ayotzinapa, José Luis Hernández, corrobora que el espíritu perdura entre los alumnos.

“A veces la gente no se repone de los golpes y pierde la perspectiva. Pero ellos, con esa fuerza que tienen, han podido salir adelante y la escuela sigue aquí, adelante”.

Son alrededor de 450 estudiantes entre cuatro cursos, divididos en dormitorios según el año de entrada, con un reparto de tareas muy definido y en donde las acciones políticas tienen tanto peso como el plan de estudios vigente.

“Cada marcha la hacemos de corazón, nos vamos a las actividades porque sabemos que nuestros compañeros, si estuvieran en nuestro lugar, también harían lo mismo”, asegura Flores, quien recuerda que sus padres y los de sus compañeros a menudo “sienten miedo” por tener hijos en la Normal, pero también los respaldan.

Panuncio Muñiz, de tercer año, es el encargado de organizar el homenaje que preparan para este 26 de septiembre. Dice “extrañar” a sus “hermanos” y no pierde la esperanza de encontrarlos con vida.

De entre todos estos testimonios, su historia es una de las más trágicas. Él formaba parte del grupo de jóvenes que se dirigió a Iguala ese fatídico día a tomar varios autobuses para dirigirse a una manifestación a la Ciudad de México.

“Me siento ciertamente extraño. ¿Por qué yo y no mis compañeros? Uno se siente con esa culpa. ¿Por qué no me pasó a mí? ¿Por qué a ellos?”.

La herida sigue abierta. Y si algún día se cicatriza, quedará para siempre marcada en esta escuela que cumplió 90 años este 2016 sin perder un ápice de su alma combativa.

“Ya viene el segundo aniversario (de los 43), y estamos en espera de que ellos regresen. Sus butacas les esperan en esta institución”, dice Muñiz señalando los 43 pupitres vacíos.

Con información de Excélsior.

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