En el sótano del Museo Nacional de Antropología, ahí donde están las joyas arqueológicas y etnológicas menos conocidas de la colección del recinto, está también uno de los acervos osteológicos más importantes del país: la Osteoteca de la Dirección de Antropología Física del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
Resguardados en cajas de cartón o plástico, algunos con tratamiento especial y materiales que los mantiene libre de ácido, hay entre 35 y 40 mil esqueletos humanos, desde los primeros pobladores, como la Mujer del Peñón, que data de hace 12 mil 700 años y es considerada el habitante más antiguo en la Cuenca de México, pasando por colecciones prehispánicas y coloniales, hasta de épocas más modernas.
Ese acervo que empezó a conformarse a mediados del siglo XIX, junto al arqueológico del antiguo Museo Nacional de México, en la calle de Moneda, es tan importante que “podemos reconstruir el momento histórico, biológico y genético de las poblaciones que han vivido en el territorio nacional”, destaca José Concepción Jiménez, responsable de las colecciones.
Sin embargo, a pesar de su importancia y la cantidad de información cultural y biológica que resguarda, esta colección se enfrenta a un problema que ha arrastrado casi desde su creación: la falta de espacio. Divididos por temporalidades o especialidades, las cajas que contienen los restos óseos ocupan diversos espacios del sótano del recinto, algunos perfectamente adaptados, como el de los antiguos pobladores; otros improvisados, como la colección colonial que, ante la falta de espacio, está sobre un pasillo por donde el personal transita a todas horas.
“Estas son las del problema porque se ensucian fácilmente, pero están ordenadas y cuidadas… Es un gran trabajo estarlos cuidando, las cajas se cambian cada vez que se deterioran”, dice Jiménez a EL UNIVERSAL, mientras muestra algunos ejemplares de las 2 mil cajas, colocadas en estantes, que invaden ese corredor.
Del otro lado del pasillo, un enrejado con una puerta encadenada y estampillas blancas que sirven como un registro de quién ha visitado ese espacio, se encuentran algunas de las colecciones y ejemplares especiales.
Ahí, en una vitrina bajo llave está el esqueleto de la Mujer del Peñón, hallada en 1959 en las inmediaciones del cerro del Peñón de los Baños, al oriente de la ciudad. Los restos de la que hasta hoy se considera la habitante más antigua del centro de México yacen en un embalaje especial, en cajas de plástico, protegidos en guardas a base de etafón (hule espuma) y una tela especial; un termómetro ayuda a medir la temperatura. Bajo estos mismos cuidados están los primeros esqueletos que conformaron la colección, así como otros ejemplares de los primeros pobladores en el centro del país y de individuos con patologías especiales.
El tipo de embalaje y la forma de resguardo de estos ejemplares contrasta con el resto, como los que están sobre el pasillo. “Para que esté en las mejores condiciones, para un solo esqueleto completo necesitamos entre cuatro o cinco cajas, pero no tenemos espacio. Haciendo un cálculo, necesitaríamos unas 100 mil cajas”, dice Jiménez, quien refiere que desde los años 80 varias administraciones del instituto han planteado proyectos para la construcción de un edificio dedicado a esta colección, pero no se han concretado.
Lo ideal, dice, sería tener un espacio donde converjan todas las colecciones de osteología del país, lo cual funcionaría como “una biblioteca biológica, genética y cultural”. “No quiero culpar a nadie, no me interesa eso, pero creo que los directivos del museo en sus 50 años de vida han descuidado la parte de la conservación de las colecciones, como el caso de la de antropología física… está colección nació en el museo y siempre ha vivido aquí, hasta hoy en día”, sostiene el antropólogo, quien ha trabajado 34 años en esa institución.
“Con el equipo que colabora conmigo hemos hecho esfuerzos increíbles por conservar estas colecciones, en limpieza, orden, pero sí se requiere de un espacio especial”, añade.
Sin embargo, ningún hueso se mueve de su lugar sin pasar por un riguroso control de seguridad. Los pasillos y áreas son vigilados por cámaras de seguridad. Para entrar a áreas restringidas, como la de los esqueletos más antiguos, un zafiro (guardia de seguridad) debe estar presente para registrar quién entra, qué se mueve y se saca del lugar, además de colocar en la puerta una etiqueta que sirve como sello de entrada y salida.
Alistan exposición de momias. Desde este espacio, investigadores externos y el equipo del antropólogo Jiménez llevan a cabo diversos proyectos de estudio sobre la evolución de la población en el país, sus modos de vida, alimentación; sobre enfermedades, patologías y prácticas culturales.
Uno de los proyectos en los que trabajan desde 2010 es en la preparación de una exposición sobre momias en México. Todo comenzó por una petición que hizo la anterior dirección del INAH, pero que no se concretó en su momento. Para esta exposición, cuenta Jiménez, se dieron a la tarea de localizar ejemplares de momias en todo el país. Desde Chihuahua a Yucatán lograron reunir 100, de todas las temporalidades, desde la prehispánica hasta la actual. La idea original de esta muestra, indica el antropólogo, fue presentarlas con un discurso científico, alejado del morbo. “Queríamos presentarlas desde el punto de vista que no los lastime porque son humanos; hay que respetarlos, darle un sentido académico, científico”.
La muestra aún no se ha montado ni tiene fecha de exhibición, pero los estudios en torno a estos cuerpos y la preparación del guión museográfico continúa. “Lo que necesitamos es el espacio, no sabemos si será aquí o en otro museo”, dice Jiménez.
Por ahora, las momias descansan en un espacio que habilitaron especialmente para ellas, cada una en cajas negras, con las medidas de conservación que requieren y acompañadas de una USB que contiene su historial.

Con información de El Universal

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