El algodón de azúcar tiene una confección muy particular: el esponjoso dulce no se parece a ningún otro producto comestible.
¿Qué otra cosa es más ligera que el aire en tu mano y parece evaporarse cuando roza tus labios, dejando tan solo su dulce sabor y un rastro rosado?
A los niños –y a veces también a los adultos– les fascina tanto como el helado para astronautas.
Y, al igual que este último alimento, cuya humedad se elimina en una cámara de vaciado, hay una química interesante en su composición.
Una química que puede incluso tener aplicaciones más allá de los postres.
De hecho, algunos investigadores utilizan máquinas de algodón de azúcar para ayudar al desarrollo de nuevos tejidos en el laboratorio.
El punto de partida del algodón de azúcar es azúcar sólido, el cual se vierte en una pequeña tolva con un calentador eléctrico.
Rodeando la entrada de la tolva hay un aro con minúsculos agujeros, y alrededor de este hay un gran recipiente de metal que se asemeja a una sartén de tamaño descomunal.
A medida que el calor derrite el azúcar y lo hace líquido, un motor pone en marcha todo el sistema de hilado.
El azúcar líquido es arrojado por la fuerza del giro a través de los diminutos agujeros hacia el otro lado, como un manojo de trapos casi invisible.
Mientras la masa de azúcar comienza a derretirse, separándose en piezas muy pequeñas, deja un área de superficie mucho mayor que antes –gran parte de la misma expuesta al aire frío– y pasa de líquido a sólido en un instante.
La telaraña de azúcar resultante se colecta del interior de la enorme sartén y se puede utilizar un cono de papel para levantarlo y crear esa forma que nos resulta tan familiar.
Las máquinas de algodón de azúcar hacen de este proceso algo relativamente sencillo, pero hace un tiempo existían personas que lo confeccionaban manualmente.
Una receta de “El ama de casa completa”, de 1773, comienza así: “Toma 113 gramos de azúcar refinado en un terrón y ponlo a fuego moderado”.
Una vez que el azúcar se derretía y comenzaba a “correr como el agua”, el siguiente paso era sumergir la punta de un cuchillo en él y –deprisa, muy deprisa– dibujar un largo y fino hilo de azúcar que había que colocar rápidamente alrededor de un molde.
Después, clavar de nuevo el cuchillo, continuando mientras el azúcar seguía derretido, durante el tiempo necesario para obtener suficientes hilos de azúcar para envolver sobre el molde, formando una bonita red o nido.
Por suerte para aquellos de nosotros que no tenemos tanta paciencia y destreza, en 1897 dos estadounidenses solicitaron una patente para una máquina de algodón de azúcar.

“A quien pueda interesar”, comenzaba su solicitud, “nosotros, William J. Morrison y John C. Wharton, ciudadanos de Estados Unidos residentes en Nashville, en el condado de Davidson y el estado de Tennessee, hemos inventado algunas mejoras en máquinas de caramelos”.
Se trataba, según el documento, de “una sartén o recipiente giratorio con caramelo o azúcar derretido hace que dicho caramelo o azúcar forme masas de filamentos como de hilo o de seda por la fuerza centrífuga, debido a la rotación del recipiente”.
En la Exposición Universal de San Luis (EE.UU.), en 1904, Morrison, quien, irónicamente, era un dentista, y Wharton vendieron azúcar hilado a todos los visitantes.
Según un artículo de Bruce Feiler, vendieron la enorme suma de 68.655 cajas.
Luego de eso, se hicieron mejoras a la máquina, que aparentemente tenía un problema con la vibración, pero el artefacto original sigue siendo similar al que se utiliza hoy día.
Y este método para fabricar un compuesto sólido de un material líquido tiene potenciales aplicaciones médicas.
Científicos de la Universidad de Vanderbilt (también, por casualidad, en Nashville), están utilizando máquinas de algodón de azúcar para desarrollar células, como parte de un programa para crear tejidos artificiales.
Un problema con los geles actualmente empleados por los científicos que trabajan en este campo, es que estos no siempre son lo suficientemente porosos, por lo que las células no pueden poblarlos.
Pero el equipo de Vanderbilt utiliza su máquina para hacer girar una nube de polímeros incrustados en un gel y después hace que estos se disuelvan, dejando atrás una intrincada red de vasos.
Y el 90 por ciento de las células que se crearon en esta estructura siguen vivas una semana más tarde, comparado con una tasa de sobrevivencia de entre el 60% y el 70% para los geles sin vasos.
Así que mientras saboreas tu maravillosa nube de algodón de azúcar, que se derritió y se hizo sólida de nuevo en un abrir y cerrar de ojos, piensa en las amas de casa que solían fabricarlo con un cuchillo y en los hombres que hicieron posible que todo el mundo pudiera disfrutarlo.
Y en la posibilidad de que ese mismo método pueda, algún día, ayudarnos a fabricar nuevos tejidos.

Con información de BBC

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