Del único libro del puertorriqueño Luis Negrón (Guayama, 1970), publicado originalmente en 2011 y traducido al inglés en 2013, se ha escrito que es “una cumbre de la ficción gay”. Pero no es sencilla esta deliberada limitación de un escritor en una comunidad concreta de lectores. Por una parte le ha asegurado su éxito (la traducción al inglés mereció el Premio Lamda, el más prestigioso otorgado por la comunidad LGTB); por otra, vincula su prosa a una supuesta literatura gay cuyos rasgos estilísticos serían, como señala Ignacio Echevarría en el excelente prólogo a Mundo cruel, “loquerío desmelenado, picaresca sexual, irresistible propensión al melodrama y empleo recurrente de los registros lingüísticos del habla”. Pero que el propio Echevarría cite a narradores como Manuel Puig o Pedro Lemebel puede darnos más pistas de la voluntaria guetificación de Negrón: todo en estos cuentos asume la vindicación de lo vulnerable, y esto exige ampliar el campo de acción más allá de lo gay (al barrio marginal) y concentrar la experiencia homosexual a unas formas de resistencia cada vez menos estadísticas.
El barrio es Santurce, “cuadras y cuadras llenas de oficinas de médicos, templos católicos, evangélicos, mormónicos, rosacruces, espiritistas, judíos y yoguísticos”, donde los personajes combaten, como ha declarado el propio autor en una entrevista, la violencia con la diversión y el placer. En cuanto a los personajes, poco tienen que ver con los clichés de lo gay convertido en élite a través del consumo, sino con la resistencia de un mundo a punto de desaparecer: “Ustedes las jovencitas lo quieren cambiar todo de la noche a la mañana. Que si la bisexualidad, que si gay es una identidad política, buchas y locas juntas todo el tiempo, pero, entérate niña, que el mundo es mundo desde hace mucho tiempo”, dice el narrador del relato ‘La Edwin’, y sentencia con humor: “El tiempo de los griegos ya pasó”. La misma dialéctica del gueto y la distinción es el motor de uno de los relatos más divertidos de Mundo cruel, el que da título al libro. Dos personajes que viven su homosexualidad como un ascenso social, la pertenencia a un selecto club hipercapitalista (en el barrio de Santurce…), asisten con horror a la progresiva aceptación de la homosexualidad por la sociedad puertorriqueña, su popularización. También la resistencia es el tema de ‘El jardín’, ambientado a finales de los ochenta, en el que un narrador joven vive su amor con un hombre mayor que él enfermo de sida. Quizá el mejor cuento de este libro, con una hermosa invocación al deseo del cuerpo enfermo.
El de Luis Negrón es un mundo complejo pero cerrado, previo a su escritura, aunque quizá amenazado de muerte y a punto de extinguirse. No sólo una comunidad gay, sino una picaresca de los excluidos. Esta limitación autoimpuesta, que parecería restarle ambición, por el contrario, le permite una escritura de sobreentendidos, confiada y empática, con una recurrencia a la caricatura como forma de resistencia, de protección. Lo popular resiste con dos armas que parecían obsoletas y aquí funcionan, renovadas: el humor y una nostalgia intempestiva.

Con información de El País

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