Para haber sido incendiado por una turba enardecida, el rancho de Herminio Cuevas luce muy bien. Aunque el último presidente del Congreso estatal en el sexenio de Ulises Ruiz se fue de aquí el 19 de junio, sus vacas y caballos están bien cuidados y sus perros bien comidos.
¡Quemaron el rancho de los Cuevas!, fue el grito que se escuchó durante los días que siguieron a la batalla del crucero. En la versión que se extendió, algunos culparon, manchadas aún las ropas con sangre de los muertos y los heridos, a los Cuevas –Herminio es otra vez diputado local electo y su hermano Daniel, presidente municipal– y Fuenteovejuna se cobró la ayuda que ellos habrían prestado a la policía para agredir al pueblo.
Sólo que Fuenteovejuna nunca anduvo por aquí. En la parte trasera de la propiedad hay un galerón, al parecer un almacén de alimento para el ganado, con algunas señales de un incendio controlado. Es más, recargados en la malla ciclónica están los restos de unos tablones quemados, colocados ordenadamente. Alguien, al parecer, hizo una fogata para provocar el grito de ¡quemaron el rancho de los Cuevas!
Unos metros adelante está el rancho del alcalde, que tampoco sufrió ningún rasguño. Desde ese punto es más fácil mirar una panorámica de la pequeña ciudad y el punto exacto donde los esqueletos de los camiones siguen dando cuenta del horror.
El domingo 19 de junio ardieron la oficina de correos, un hotel y la presidencia municipal. Un par de testigos dicen que en todos los casos actuó el mismo grupo, y que la verdadera intención habría sido acabar con la tesorería, donde reposaban las pruebas de acusaciones contra funcionarios de la administración anterior, perredista.
El operativo para desalojar el bloqueo en el cruce de Nochixtlán no comenzó la mañana del domingo 19 de junio.
Los reportes recibidos en teléfonos celulares de habitantes de esta zona dan cuenta de los preparativos, de acciones sospechosas que detectaron maestros y pobladores que los apoyan.
Un vecino muestra el mensaje que recibió la madrugada del sábado 18 de junio (1:12): Estén alerta. PF a 300 metros del puente.
Cincuenta minutos después, el mensaje fue: Cinco camionetas por El Moralito. Bajan al río y ahí apagan las luces.
No es el único reporte sobre las camionetas. Unas fotos oscuras en un pequeño celular sólo permiten ver sombras y unas torretas encendidas. Pero testigos aseguran que eran camionetas marca Ford 150, todas blancas y sin placas.
El punto, conocido como El Moralito, se encuentra a medio camino entre el hotel Juquila y los ranchos de los Cuevas. Se identifica fácilmente porque hay un extenso descampado y, en un extremo, un arco que marca el principio de una escalera que lleva a un ojo de agua.
Toda esa madrugada hubo movimiento en el lugar. Según los testimonios y los mensajes en los celulares, los hombres de las camionetas las abordaban de nuevo y unos tomaban camino hacia el hotel Juquila y otros el que conduce a los ranchos.
A las propiedades de los Cuevas se puede ingresar por varios caminos, incluyendo uno que desemboca en la autopista, sin pasar por el sitio del bloqueo.
Los pobladores que enfrentaron a la policía acusan a los Cuevas de haber permitido que sus ranchos fueran utilizados para alojar, desde el día anterior, a policías que participaron en el intento de desalojo.
En los días siguientes se ha sumado otra acusación: que gente de los Cuevas proporcionó los domicilios de los heridos a grupos de personas que se encargaron de amedrentarlos. Esa sería la razón por la que muchos no acudieron a los servicios médicos para ser atendidos.
Tenemos testimonios, dice un profesor de la sección 22, de que en las propiedades de los Cuevas eran policías locales, concretamente de la Unidad Policial de Operaciones Especiales (UPOE).
Defensores de los derechos humanos oaxaqueños han documentado que los elementos de la UPOE suelen llevar sus propias armas, no las de cargo, a los operativos en los que participan.
En 2006, en los choques con la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, las columnas de policías avanzaban por el centro de la calle y a los costados iban elementos de la UPOE, vestidos de civil, armados y disparando.
Los gobiernos federal y estatal dieron un golpe mortal a la sección 22 del SNTE el 21 de julio de 2015, al anunciar la desaparición del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca. Una semana después, el gobierno del estado anunció que reforzaría la UPOE.
Se vuelve a reclutar personal que reforzará la UPOE, mismo que ha sido, es y será el grupo de élite de la Policía Estatal, dijo el entonces comisionado de este cuerpo policiaco, Víctor Alonso Altamirano, en un comunicado oficial del gobierno de Oaxaca.
En su turno, el jefe de la unidad especial, Juan Tito García, arengó a los reclutas prestos a someterse a duras pruebas de resistencia: Debemos tener elementos fuertes, no queremos mentes débiles. Para formar parte de la UPOE se requiere esfuerzo, dinamismo, valor y sacrificio.
La cuenta de Twitter de Herminio Cuevas, cuya última publicación es del 9 de junio, revela las fidelidades políticas del ahora diputado local. A Alejandro Murat, gobernador electo, apenas y lo menciona, pero fue muy activo en la precampaña, cuando llenó su red social de mensajes de apoyo a Eviel Pérez Magaña, el aspirante que fue apoyado por Ulises Ruiz.
En febrero, replicó un mensaje que decía que todos los evielistas se sumaban a Murat, pero en los meses siguientes no hay una sola foto del ahora gobernador electo.
Dos días después de la balacera, el 21 de junio, al filo las seis de la tarde, un convoy de vehículos con una ambulancia al frente se detuvo debajo de un puente en la autopista, a unos kilómetros de Nochixtlán.
En la ambulancia, con personal de la Defensoría de los Derechos Humanos de Oaxaca y colaboradores de la parroquia, viajaban dos policías federales que fueron retenidos al calor de la refiega (Brisa Sánchez Ortiz, agente de la Policía Federal, y Hugo López Ruiz, de la Gendarmería).
En ese punto se había acordado el intercambio de los dos agentes por los 23 detenidos durante el operativo de las fuerzas federal y estatal, entre ellos las 10 personas que cavaban dos tumbas en el panteón municipal el día del enfrentamiento y que fueron aprehendidas sin haber participado en los hechos.
Mientras esperaban, narra un socorrista que participó en el intercambio, vieron que comenzaban a asomarse cabezas en la punta del cerro: Eran como 200 y algunos traían riflitos. Varias personas bajaron del cerro a encontrarse con el convoy de la ambulancia. Se identificaron como topiles (policías comunitarios) de dos agencias del municipio de Nochixtlán. Explicaron que ellos se comunican habitualmente por radio y que en sus frecuencias habían estado escuchando, desde el día 19, a un grupo que lanzaba mensajes amenazantes.
Queremos que se vayan, dijeron. Los encargados del intercambio trataron de explicar qué estaban haciendo y expresaron que la suya era una misión de paz.
La respuesta dejó helados a los del convoy: Queremos que se vayan porque tenemos miedo de que los maten aquí.
El convoy partió y el intercambio tuvo que hacerse en otro punto.
Versiones de pobladores que han sido corroboradas con un funcionario estatal, aseguran que, en su camino, el convoy de la ambulancia recibió una petición: que volviera a la cabecera porque en el quiosco había otro policía que estaba muy golpeado. Añaden que no fueron dos, sino cinco los agentes retenidos el 19 de junio. Los tres restantes, aseguran pobladores, fueron liberados al día siguiente, ya sin intermediarios.

Con información de la Jornada

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