© Andreas Knapp - www.andreas-knapp.de

Si la ópera puede tomarse por algo es por el arte de la integración. Después de todo, se trata de una liturgia en la que escena, dramaturgia, danza y partitura caminan juntos hacia un solo fin. Tras asistir al montaje de De Idomeni a Idomeneo, estrenado el viernes en el Festival de Luisburgo (Alemania) con la insólita intervención de un coro de refugiados, es difícil esquivar la tentación del paralelismo. Ellos también caminaron juntos; vagaron por Europa en busca de un refugio donde cobijarse de la guerra, el terror y las ruinas en pos de la promesa de algo mejor: una vida normal en los países de acogida.
La ópera de Mozart, una historia de naufragios con restos de la guerra de Troya de fondo, se revela como una metáfora de uno de los temas más acuciantes en un continente que se resquebraja. Y el resultado, fruto de la colaboración entre la orquesta bandArt y la organización Zuflucht Kultur, juega en su título con el nombre del infausto campo de refugiados de Idomeni en la frontera griega con la Antigua República Yugoslava de Macedonia y representa una lección sobre el poder del arte frente a la inoperancia política.
Los cantantes se mueven acompañados de una coreografía perpetua de refugiados entre un trozo de madera a la deriva sobre el que una niña deleita con sus pasos de ballet, velas que sirven de pantalla para reflejar batallas difuminadas por rayos infrarrojos o pateras atestadas de húmedos desharrapados. Todos contribuyen a resucitar la ópera en la que Mozart contó la historia del rey de Creta.

Padre e hija
Fahimed y Hossein Bagnavi, dos de los refugiados participantes en los ensayos de la ópera de esta semana, son padre e hija. Ella, cuentan, tiene 21 años y él 42. El hombre trabajaba en Coca-cola, poseía casa y un estatus en su Irán natal. Pero la cruda persecución islamista contra los cristianos, relatada por ellos, les obligó a dejarlo todo atrás. En Alemania aspiran a aprender el idioma y, a largo plazo, reconstruir sus vidas.
Samad Fouad, por su parte, era famoso en Irak. Llevaba con éxito un programa infantil. Pero la guerra y el acoso le obligaron a salir de su país y acabar 20 días después y tras atravesar a pie Turquía, Bulgaria, Serbia, Hungría y Austria en un refugio al que portó poco equipaje y, a modo de talismán, el micrófono con el que hacía su trabajo. “No quiero olvidar quién fui. También aquí seré famoso”, promete.
Zaher Alchihabi, de Alepo, uno de los frentes más apocalípticos en la guerra de Siria, despuntaba como artista en su país y quiere seguir esa senda en Alemania. “Salí de allí porque renuncié a enrolarme en el ejército. Deseo dedicarme a los vivos, no a los muertos”. Así que atravesó también a pie y por partes en tren, el largo trecho que separa su tierra en llamas de la apacible Luisburgo.
Todos ellos, junto a una veintena de migrantes, han acabado en este Idomeneo a las órdenes de Bernd Schmitt, director de escena, y al amparo de Cornelia Lanz, mezzosoprano y fundadora de Zuflucht Kultur. Ambos han levantado ya dos óperas de Mozart con refugiados. “Lo que aportan es la cruda realidad de su peripecia”, dice el primero.
“No creo en la música muerta. Mozart vive y aunque él compuso esta ópera con la guerra de Troya como fresco y el Mediterráneo de escenario, nosotros debemos trasladarlo a los conflictos de nuestros días y a la odisea que supone atravesar hoy el mar para esta gente”. Una vez aquí, creen que su deber es integrarlos. “Y el arte es una prueba de lo que pueden llegar a hacer y a aportarnos aquí”, comenta la cantante, “frente a la increíble destrucción del edificio europeo que contemplamos cada día”.
De la también mozartiana Così fan tutte llegaron a hacer 15 representaciones en toda Alemania. Con el Idomeneo que han producido con el Festival de Luisburgo, esperan continuar la racha y girar con el montaje. Tras el estreno de este viernes, irán a Fráncfort y a Biberach, la ciudad natal de Lanz.

Cómplice de Mortier
En Luisburgo han hallado un cómplice: Thomas Wördehoff, director del festival, antiguo colaborador de Gerard Mortier en sus tiempos de la Trienal del Ruhr. Ahí es donde este gestor pensó que el ingrediente perfecto para que todo funcionara estaba en incorporar al proyecto a esa sana anomalía artística llamada bandArt. “Una orquesta absolutamente anárquica pero a la vez radicalmente ordenada que funciona perfectamente sin director”, explica el anfitrión en Luisburgo sobre un experimento que surgió hace poco más de una década en el Festival de Lucena (Córdoba) entre músicos de muchos países pero con base en Europa, que se reúnen al menos una vez al año para hacer lo que les place. “En este mundo, todos buscan resultados inmediatos, sino cae sobre ti una sospecha de inutilidad”, comenta Gordan Nikolic, líder de bandArt, concertino de la London Symphony Orchestra y músico tan hondo como indomable. “Nosotros debemos ser unos auténticos inútiles, porque según parece no nos interesan los resultados, sino el arte en sí”.
Así con tales ingredientes, Idomeneo rema desde Alemania con estos refugiados en busca de un puerto donde atracar para sacudir prejuicios y alzarse con el triunfo de la integración. Con arte, sin oscuros bagajes.

BandArt, la increible orquesta sin director
El podio del Festival de Luisburgo anda estos días vacío. No hacen falta batutas ni figurones que impongan su visión. En el foso funciona sola la orquesta BandArt, con 45 músicos, creada hace 12 años en España, sin que encontraran necesario un director. Y así es como han abordado todo lo que han hecho. No es poco, a la vez que van ganando prestigio por una parte y desconfianza de parte de los del gremio al que no recurren. Les sobra el carisma y el liderazgo de un concertino imprevisible: el serbio Gordan Nikolic. “Necesitas gente nada frustrada y sin apenas ataduras ante su propia formación para entender lo que hacemos”, asegura ante la mirada de su colaborador Andreas Knapp, asistente de Simon Rattle en la Filarmónica de Berlín. “Hoy en día, los músicos están tan bien formados que no necesitan un Dios que les imponga su tempo”, añade. Cada cual sabe lo que tiene que hacer en cada momento. Y así es como BandArt se ha paseado ya por varios festivales y algunos ciclos asombrando al público: “Buscamos una confluencia entre la ética y la estética. Pero el punto de encuentro que proponemos para ambas se halla en la cumbre de lo que consideramos arte. Y hasta ahí escalamos”.

Con información de El País

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