¿Quién inició la refriega del 68? Historias han ido y venido, pero el Estado mexicano no ha logrado asentar y aceptar la versión de la infiltración provocadora, de los guantes blancos, de las bengalas y los helicópteros, de los disparos desde el edificio. Aceptar la infiltración es aceptar la división, la ingenuidad del infiltrado. Resultado: un falso nacionalismo que ha convertido al 68 en algo indigerible en la historia. Pero eso ocurrió hace casi medio siglo, México es otro y, sin embargo, la reacción oficial sigue siendo la misma. Algunos militares cuentan que el presidente Salinas recibió información sobre los grupos guerrilleros en Chiapas. Preocupado por sacar adelante el TLC, parece ser que decidió no actuar, pues el asunto se hubiera hecho público. Tenía sus razones, no es lo mismo negociar con un país que tiene una guerrilla.
La semana pasada el presidente Peña Nieto tuvo dos encuentros de primer nivel con sus homólogos de Norteamérica y posteriormente con los de la muy prometedora Alianza del Pacífico. Allí quedó la imagen de un México arrojado al futuro, codeándose con actores de grandes proyectos civilizatorios. Justo al mismo tiempo la CNTE estrangulaba a varias entidades sin que la autoridad procediese a recuperar el imperio de la ley, como es su obligación. Ése también es México. Las notas internacionales se refieren a la CNTE como un grupo opositor a la Reforma Educativa. Pero poco se ha dicho de lo que está detrás. Un grupúsculo penetrado por la corrupción, violento, sin escrúpulos, capaz de impedir que los alimentos lleguen a los hambrientos. El sentido común exige que las autoridades actúen, que la fuerza pública despeje las carreteras, que los alimentos lleguen por donde deben llegar. El puente aéreo no deja de ser una medida extrema y vergonzosa, pues habla —una vez más— de la debilidad del Estado mexicano.
Pero claro, después de lo de Nochixtlán, queda la impresión de que, de nuevo, el Estado no puede ejecutar ese tipo de acciones con profesionalismo y respetando derechos básicos, como ocurre en todo país que se respete. El secretario de Gobernación ofrece negociación, suena bien. Quien no negocia es un represor, tal es la consigna. Pero, ¿qué se puede negociar cuando la exigencia es derogar una reforma constitucional y de leyes secundarias aprobadas por la República? Además, la discrecionalidad en la aplicación de la ley es una violación de la ley. La autoridad debe proceder en automático en contra de quienes violen normas y afecten a terceros que, en este caso, fueron cientos de miles de pobres extremos. La discrecionalidad fomenta la ilegalidad. Pero existe otra posibilidad, no conocemos toda la historia. Desde el viernes 1 corre la versión (Milenio) de que grupos extremistas participan en los bloqueos. Su intención sería otra: provocar el derramamiento de sangre. Hay otra historia.
Desde hace meses circulan versiones de vínculos de la CNTE con narcotraficantes que operan mejor en la inestabilidad. En 1994, después del levantamiento del EZ, las fuerzas armadas cerraron en Chiapas decenas de pistas clandestinas. A río revuelto… Ayer Excélsior publicó una nota muy reveladora: las balas de seis de los ocho muertos de Nochixtlán no corresponden a los calibres oficiales de las fuerzas federales. Se investiga por ello la posible presencia de un grupo de provocadores. El asunto es bastante más complejo y grave. La negligencia de las fuerzas federales podría explicar sólo una parte de lo sucedido. Por si fuera poco, ayer se dio a conocer (La Razón 04.07.2016) que la CNTE ha creado una “policía magisterial” cuya misión es secuestrar a 17 funcionarios del nuevo IEEPO para convertir su libertad en moneda de cambio en las negociaciones.
Dejemos las medias verdades y las absurdas negociaciones. Con la delincuencia organizada no se negocia. Una vez más estamos ante la presencia de grupos subversivos que muy poco o nada tienen que ver con la oposición a la Reforma Educativa. La UNAM ha sufrido desde hace décadas esa amenaza silente de radicales al acecho para provocar violencia. Con todo y que en las últimas horas pareciera haber una distensión en el conflicto, esta es una excelente oportunidad para desnudar esa otra historia. En México hay grupos subversivos y negarlo no favorece a nadie, ni al gobierno en turno ni a la oposición. Es un problema que el Estado mexicano debe afrontar. El primer paso es que los sistemas de inteligencia abran la información. Sólo así se podrá construir una estrategia nacional para encarar esa amenaza disfrazada de política.

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