El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en 1914 desencadenó la Primera Guerra Mundial, que a la larga costó 38 millones de muertos, heridos y desaparecidos; la invasión de Polonia en 1938 y el ataque a Pearl Harbor desencadenaron la Segunda Guerra Mundial, que involucró a 72 países y costó entre 50 y 70  millones de muertos.
Y ahora, la decisión de un primer ministro que, en aras de la democracia más acabada, promovió un referéndum sobre la permanencia o no de la Gran Bretaña en la Comunidad Europea, referéndum que, con siniestra ironía tuvo un resultado adverso al que él esperaba, ha conmocionado a todo el mundo.
Y lo más desconcertante de este asunto es que tanto los promotores de que Gran Bretaña permaneciera en la Comunidad Europea, como los promotores de que saliera, tuvieron argumentos que ni son totalmente ciertos ni se pueden sostener: del lado de permanecer en la Comunidad Europea, los “expertos” dijeron que salir sería una catástrofe económica, caída de la libra, más impuestos, austeridad y pérdida de empleos, en tanto que del lado de salir de ella, los “expertos” dijeron que se controlaría la inmigración desbordada, el terrorismo, las hordas de ciudadanos que llegarían de Turquía y los millones de musulmanes de Siria e Irak que quieren unirse a Europa; nada de eso se puede garantizar y en ambos casos, la prensa alarmista, de uno y otro sentido, aumentó los miedos de los británicos y el odio a Europa.
A esto se añadió algo que comparte el ciudadano común tanto en la Gran Bretaña como en Estados Unidos y en México: una ignorancia enciclopédica de lo que es la economía, las finanzas, el valor de la globalización, etc., por lo que sus decisiones son epidérmicas e irracionales, (AMLO, el Trump de Macuspana, lo dijo bien: sus seguidores son “solovinos”,  perritos ignorantes, cándidos y manipulados); así las cosas, pocas horas después del referéndum, cuando el primer ministro David Cameron anunció el veredicto, millones de británicos, en Londres y sobre todo en Escocia, alzaron su voz para decir que se habían equivocado y ya la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, viajó a Bruselas para decir que los escoceses sí quieren seguir formando parte de la Comunidad Europea.

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