Los supervivientes son indispensables. Su figura nunca ha sido suficientemente apreciada; su pertinencia y necesidad deberían reconsiderarse cada vez más. Desde hace años se construyen museos dedicados a vindicar la memoria. La memoria es un pequeño antídoto contra el Mal, a la postre, la sinrazón de los supervivientes. Muchas ciudades cuentan con ese tipo de museos. En la Ciudad de México, el Museo Memoria y Tolerancia, espléndido espacio, da voz a las víctimas de genocidios y/o matanzas de Guatemala, Ruanda, Camboya y a judíos y armenios.
En las escuelas, al lado de Matemáticas, Historia y Geografía, debería existir un espacio para escuchar y aprender lo que testigos y supervivientes pueden aportar; sus vivencias son lecciones magistrales. En ocasiones he jugado con una hipotética Escuela del dolor, espacio, pienso, ad hoc, en los años de formación: sensibilizar a los pequeños por medio de las experiencias de los supervivientes sería la apuesta. No establezco prioridades, pero, en un mundo tan dispar y tan amenazado como el nuestro, humanizar a los pequeños importa tanto como las materias tradicionales de los planes educativos.
No sobra repetir que las humanidades y la Ética, tanto en México como en otras naciones, son materias demodé debido a las prioridades de los educadores-políticos encargados de los planes de enseñanza. Leer en la escuela primaria, en el hogar, durante los primeros años de formación, sobre las incontables caras del dolor, personal, comunitario o planetario, y reflexionar en voz alta acerca de la responsabilidad del ser humano hacia sus pares y la sociedad y la Tierra, podría servir para fomentar una conciencia grupal, cuya meta sería amortiguar los dolores y destrozos producidos por el Poder omnímodo, y, a la vez, entender los múltiples significados del término compromiso. La Escuela del dolor podría ser una materia, repito, en los años de formación donde la voz de supervivientes y testigos hablen, estimulen, cuestionen, provoquen.
Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 2002, Imre Kertész, superviviente del Holocausto, dijo: “No es fácil ser una excepción”. Esa oración la repitió Kertész en varios de sus libros. Tenía razón: ser superviviente contiene una dualidad: sobrevivir y contar. La de haber sobrevivido a incontables horrores los convierte en excepción, en seres merecedores de ser escuchados, en potenciales actores de la Escuela del dolor. Ser superviviente implica la obligación de denunciar y ser escuchado. Escuchar a los supervivientes conlleva responsabilidad. Enterarse de sucesos desastrosos exige respuesta y compromiso; quien lo hace debería responsabilizarse del otro, de quien sobrevivió; quien no lo hace convierte su silencio en complicidad, sin que importe si los sucesos no sean recientes.
Ni la historia ni la realidad se equivocan: las vejaciones y violaciones se repiten sin cesar. Kertész tiene razón: “No es fácil ser una excepción”. Modificar la cruda realidad de los supervivientes no es posible, pero, en cambio, es imprescindible convertir la excepción —sufrimiento, violaciones, asesinatos de compañeros—, en escuela. Los supervivientes nos convierten en testigos. Superviviente y testigo son binomio. La meta debería ser la siguiente: Uno narra el dolor, otro difunde el horror, uno retrata a los asesinos, otro los persigue, uno denuncia, otro, otros, museos, organizaciones civiles o gubernamentales, se hace(n) cargo de la historia de los supervivientes e, idealmente, castiga(n) y difunde(n) la información para que no se repitan atrocidades similares.
Superviviente y testigo: binomio indispensable en este mundo tan dispar y tan propenso a repetir crímenes y latrocinios. El primero lleva a cuestas, inconscientemente, la obligación de la memoria. El segundo contrae la obligación de la responsabilidad. El verbo latino spondeo, del que deriva nuestro término responsabilidad, significa “salir garante de alguno (o de sí mismo) en relación a algo y frente a alguien”. Superviviente y testigo construyen un segundo binomio: memoria y responsabilidad.
Poco pretendo al enunciar ambos binomios. Quizá sean útiles si los encargados de la educación básica hablaran de ellos en la hipotética Escuela del dolor. No es cierto, como dice Eli Wiesel, también Premio Nobel, que “el pasado pertenece a los muertos”. El pasado, nos explican los supervivientes, es obligación de los vivos.

NOTAS INSOMNES
Los supervivientes nos convierten en testigos y sus memorias, tan sólo por haber escuchado, nos hacen responsables del presente.

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