El primer problema para acogerla y adoptarla es identificarla y reconocerla. Pedro Manero decía que lo difícil no es aprovechar la oportunidad, sino saber cuál es la oportunidad. Es que la gloria histórica no proviene de nuestra voluntad sino de una vis maior, desde luego ajena. Recurriré a ejemplos para explicarme en breve espacio.
Se me ocurre Franklin D. Roosevelt con la Gran Depresión. Ésta llegó cuatro años antes que él. La combatió y la resolvió. Por lo que hizo, su nación recuperó su propia fe, supieron lo que eran o, por lo menos, lo que creían ser, que suele ser más importante que lo que se es. Otro caso puede ser Francisco I. Madero con la Dictadura. Ésta llegó 30 años antes que llegara él. La combatió y la derribó en seis meses.
En otras ocasiones, por el contrario, el pasaporte se presenta sin siquiera la previsión inicial del gobernante y es entonces cuando éste tiene que arrinconar su capacidad programática para echar mano de su capacidad reactiva.
Regreso a los ejemplos. A los pocos días de iniciado el mandato de Roosevelt, Adolfo Hitler asumió el mando político y gubernamental de Alemania. El americano no tuvo la menor duda de que habría guerra en Europa. Lo que en ese momento aún no adivinaban los gobernantes ingleses y rusos, ya era un hecho ineludible e inevitable para la mente de Roosevelt.
La primera pregunta básica que se hizo fue si los Estados Unidos deberían intervenir en esa guerra o tan sólo verla como una guerra ajena. La respuesta fue indubitable. Desde luego que de esa guerra saldrían como los dueños de la mitad del mundo. El destino de gloria tocaba a las puertas de los Estados Unidos y su presidente no sería el atarantado, miedoso o humanista que le negara el paso o le rechazara sus ofrendas.
La segunda interrogante era consecuencia de la primera respuesta. Si decidieran comprometerse bélicamente, ¿cuándo sería el momento oportuno para inmiscuirse en la conflagración? No tan pronto. En ocho o diez años. Tan lento como para que los europeos sumaran 40 millones de muertos. Tan lento como para que, en ese entonces, ya no tuvieran comida ni armas ni medicinas ni jóvenes ni esperanzas ni vigor para enfrentársele. Tan lento como para que, en su desesperación, los amigos le rogaran su ayuda y los enemigos le pidieran la paz. Desde luego que el auxilio a unos y la clemencia a otros tendría un precio exorbitante.
Sólo para entonces desembarcaría en Europa el primer norteamericano, al que nunca le faltó el arma, el parque, el combustible, la medicina, el alimento y, ni siquiera, el cigarro, la golosina o el correo romántico. Además, su país podría sostener su participación en la guerra por 20 años más sin sacrificar, en casa, una sola de sus hamburguesas, de sus cervezas o de sus comodidades. Más aún, gozando de empleo pleno, de más amplias libertades y de muy benéficas transformaciones sociales.
En lo que concierne a México, he repetido que Lázaro Cárdenas tuvo un mal sexenio, pero un buen día cuando anunció que su gobierno decretaba la expropiación de todos los bienes y derechos de las compañías petroleras que operaban en el país. La razón esencial que llevó a tal decisión fue el lépero desacato de la soberbia empresarial extranjera, anunciando que no cumpliría con una resolución de la Suprema Corte de Justicia, dictada en materia laboral.
Con esto me queda en claro que no se puede programar el pasaporte hacia la gloria. Nuestros mencionados no trajeron a su escritorio la idea de la Gran Depresión ni de la Dictadura Porfiriana ni de la Guerra Mundial ni de la insolencia petrolera. De la misma manera, John F. Kennedy obtuvo su pasaporte histórico con tres sucesos que ni él imaginaba un mes antes, como lo fueron la Crisis de Alabama, la Crisis de Berlín y la Crisis de los Misiles. Por ellos, la historia ha minimizado las elecciones de Florida y de Illinois, la intentona de Bahía de Cochinos y el Happy Birthday de Marilyn Monroe.
Para finalizar mi sobremesa, mis amigos me preguntaron lo que podrían hacer los gobernantes mexicanos del ya tan cercano futuro para alcanzar su propia gloria histórica. Les contesté que sólo habría tres oportunidades. La primera, resolver alguno de nuestros grandes problemas nacionales. Pobreza, desempleo, inseguridad, injusticia o corrupción. La segunda, aprovechar una circunstancia de esas que no alcanzamos a adivinar pero que se nos presentara sin invitación y casi siempre aterradora. Y, por último, si esas dos no sucedían, la tercera y muy gloriosa sería recuperar Texas. Ya después de eso,  podríamos pensar en California.

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