Marlene Edouarlin es haitiana. A sus 36 años es madre soltera de cuatro hijos —con edades que van de los 3 a los 16 años— y disfruta en paz de su trabajo como estilista en el mercado de las calles La Benito y Monte y Tejada, un barrio céntrico de la capital dominicana, famoso por su intensidad comercial.
Oriunda de Puerto Príncipe, Marlene abandonó Haití por el caos socioeconómico y político y emigró en 1996 al lado oriental de La Española, la isla de más de 76 mil kilómetros cuadrados que Haití y República Dominicana comparten como vecinos cond enados al choque.
“Los dominicanos a mí nunca me han hecho daño, pero sí he escuchado que, en algunos lugares, hay maltratos de dominicanos a haitianos”, contó a EL UNIVERSAL.
A su lado, la dominicana Cristina Melenciano, de 40 y vendedora de flores, confirmó el relato de su amiga y colega comerciante: “Lo que los dominicanos sufrimos también lo sufren los haitianos. Aquí no hay privilegios para nadie, ni para ellos ni para nosotros”.
La convivencia de Edouarlin y Melenciano tiene el nexo común de que son negras y pobres y su comportamiento se reproduce en otros puntos del mercado entre personas oriundas de dos naciones que arrastran un voluminoso expediente de rencores, choques armados, represión, disputas políticas y antiguos líos migratorios en su porosa frontera de más de 300 kilómetros de longitud.
Decir haitiano en el lado oriental refiere a mano de obra barata, mientras que decir dominicano en el occidental remite a prostitución. A diferencia de otras ex colonias españolas americanas, los dominicanos no se independizaron de España, sino de Haití, que en 1804 se separó de Francia, en 1822 ocupó el área oriental de la isla y, finalmente, en 1844 República Dominicana declaró su soberanía.
El resentimiento es añejo y persiste en uno y otro lado, con el factor migratorio como volátil y en el que uno de los elementos más visibles es la constante deportación de haitianos desde República Dominicana, que se reanudó hace casi medio año.
Son “expulsiones colectivas en caliente” ejecutadas por el gobierno dominicano, “sin observar el debido proceso de ley” ni notificación consular, denunció la Red Jesuita con Migrantes, institución no estatal de monitoreo migratorio mundial con representación en esta isla.
El canciller dominicano, Andrés Navarro, rechazó los informes que acusan a las autoridades de este país de violar los derechos humanos de los migrantes y alegó que “no vale la pena seguir lloviendo sobre mojado”.
Los miles sin patria. Las pugnas migratorias se agravaron por un fallo de 2013 del Tribunal Constitucional (TC) de República Dominicana que dejó sin patria a unas 200 mil personas a las que despojó de la nacionalidad dominicana, pese a que nacieron en suelo dominicano, por ser hijos de padres haitianos que estaban en este país en condición irregular.
En un flujo que se aceleró en el siglo XX, cientos de miles de haitianos migraron a la zona oriental a trabajar, legal e ilegalmente, por lo que sus hijos nacieron en ese sector y automáticamente se convirtieron en dominicanos, “pero el Tribunal les expuso a la apatridia”, explicó el dominicano Roque Feliz, coordinador general del Centro Bonó, ente no estatal que estudia el fenómeno migratorio.
A finales de 2013 y tras el fallo del TC, el gobierno del presidente dominicano, Danilo Medina, creó el Programa Nacional de Regularización de Extranjeros (PNRE), que expiró en junio de 2015 y permitió normalizar el estado migratorio a personas que nacieron en territorio dominicano.
Estando vigente el PNRE, las deportaciones fueron suspendidas, pero la red aseguró que se reanudaron en enero pasado. “Agentes de seguridad y militares dominicanos han estado haciendo redadas y expulsiones colectivas” sin el “debido proceso”, lo que arriesga la promesa de Medina “de respetar los derechos humanos de las personas vulnerables”, añadió, en un informe entregado a EL UNIVERSAL.
Cifras duras. El Centro Bonó contabilizó unas 15 mil deportaciones hacia Haití en 2015 y unas 6 mil 500 de enero a junio de 2016. Feliz aclaró que, pese a que las Fuerzas Armadas de República Dominicana reportaron de 45 mil a 55 mil el año anterior, son datos “inflados”, porque la mayoría sólo son devoluciones reiteradas.
Un censo de 2012 mostró que en esta nación había 487 mil haitianos (legales e ilegales), por lo que Feliz calculó que en 2016 hay unos 600 mil, equivalentes a 5.6% de la población.
Del total de migrantes haitianos, dijo, ahora unos 250 mil son regulares y cerca de 350 mil son irregulares.
En un informe difundido este mes, Amnistía Internacional (AI) aseguró que desde que el PNRE concluyó “República Dominicana ha estado deportando a personas migrantes a un ritmo constante. Además, varios miles de personas han regresado ‘espontáneamente’ a Haití, en muchos casos tras haber recibido amenazas o presiones para que abandonaran el país”.
El informe precisó que aunque se carece de “cifras concluyentes” de deportados, expulsados o que regresaron “espontáneamente”, estadísticas parciales recopiladas por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y grupos haitianos de la sociedad civil, 40 mil personas fueron deportadas de República Dominicana a Haití de junio de 2015 al 26 de mayo de 2016, mientras que al menos otras 66 mil regresaron “espontáneamente”.
Pobre y amigo. Samuel Rafael es haitiano, tiene 30 años y viajó en 2009 a Santo Domingo a estudiar mecánica automotriz. Se enamoró de una mujer con la que tiene dos hijas y vive en unión libre. Ahora labora como taxista de motocicleta. Como migrante legal, descarta regresar a Haití.
Amigo de la haitiana Edouarlin y de la dominicana Melenciano, bromea con ellas sobre sus trabajos y sus andanzas con lazos signados por múltiples momentos de cotidianeidad y con el hilo común de que los tres son pobres y negros, aunque nacidos en lados distintos de una misma isla insertada en el corazón del Caribe. Hastiados de las prácticas discriminatorias, saber que se diferencian por ser haitianos o dominicanos no les preocupa: se tratan como iguales y sufren o disfrutan como iguales, con el único privilegio de su amistad que alimentan en una esquina con agitada vida comercial.

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